Aspectos
psicologicos- psychological aspects
Sílvia Grases y Montserrat Balcells
Servei de Psicologia.
Associació Catalana de l’Hemofília
Inddice:
01.- Introducción
02.- El
mundo psíquico: inconsciente, síntomas
e historia personal
03.- El
legado familiar
04.-
Hemofilia y trastornos psicológicos
4.1 El lugar que ocupa la hemofilia en la familia
4.2 La posición subjetiva ante la enfermedad
05.- Algunos
mecanismos psicológicos de defensa
5.1 La somatización: cuerpo, síntomas
y emociones
5.2 La negación
5.3 La proyección
06.- Vicisitudes
de la demanda psicológica
07.- Decisiones
inconscientes
08.- Qué
decir acerca de las infecciones
09.-
Bibliografía:
10.- Test:
11.- Respuestas:
__________________
"Creí mi hogar apagado,
revolví la ceniza,
me quemé la mano".
Antonio Machado
__________________
1. Introducción:

La inteligencia y las emociones son atributos
de la naturaleza humana que hacen de la nuestra,
una especie privilegiada. Tanto la una como la
otra, inteligencia y emoción, son producciones
complejas, variadas, ricas en matices, que se
pueden expresar de formas muy diversas
–no hay una fórmula única,
ni mejor ni más eficaz-,
y tienen la virtud de disponer al ser humano para
la vida cuando existe la posibilidad de ser desarrolladas.
En este capítulo no hablaremos de inteligencia
sino de emociones aunque la capacidad para sentir
emociones esté íntimamente relacionada
con la capacidad del ser inteligente.
Queremos abordar fundamentalmente la importancia
de las emociones, de cómo nos influyen
y cómo las utilizamos. En suma, un conjunto
de aspectos a reflexionar.
2. El
mundo psíquico: inconsciente, síntomas
e historia personal: 
Son precisamente nuestras emociones las que atestiguan
la existencia de un mundo psíquico. El
avance de las tecnologías actuales, con
la aparición de internet, aporta un modelo
de mundo virtual, intangible, pero a la vez consistente,
potente y capaz de efectos, como lo es el mundo
psíquico.
Además de las emociones, otros elementos
conforman este mundo o afloran desde él:
los deseos, los ideales, las prohibiciones, nuestros
sueños, lapsus, y miedos.
Una característica propia del mundo psíquico
es el no tener plena conciencia de él.
Esto no quiere decir que no experimentemos deseos,
o no sintamos emociones, pero sí que a
veces desconocemos qué los ha motivado,
de donde vienen.
Esto es especialmente evidente cuando se siente
miedo o angustia exagerados, no justificables,
o cualquier sentimiento de displacer o malestar
del que no se conoce el motivo y que provoca a
menudo la afirmación: “no se que
me pasa”.
De esto daba cuenta S. Freud al referirse a las
tres grandes heridas narcisistas de la humanidad
- heridas en nuestro amor propio, como especie
-. La primera fue descubrir con Copérnico
que la Tierra no era el centro del universo. Recordemos
las teorías que hasta el siglo XVI afirmaban
que el sol giraba alrededor de la Tierra
-. La segunda herida la afligió Darwin
al demostrar que el hombre estaba emparentado
con los simios.
.- La tercera gran decepción de la humanidad,
sobre la que Freud atrajo específicamente
la atención, fue descubrir que en el fondo
no somos dueños de nuestros actos, que
hay una parte de nosotros mismos que desconocemos.
Así, nuestras emociones nos llevan desde
y hasta lo inconsciente que habita en nosotros.
No tener conciencia plena de algunas situaciones
o elementos de nuestra vida tiene una función:
ayudar a conseguir una existencia mejor, más
libre de sufrimiento, evitando el conflicto.
Es una defensa de nuestro aparato psíquico.
No obstante, no siempre se consigue dicho objetivo,
y entonces ese conflicto que se intenta acallar
se abre paso en forma de síntoma.
Por tanto, el síntoma emocional –
el sufrimiento psíquico de una persona,
que puede tomar diversas formas, como angustia,
insatisfacción, miedos, etc.
Es la expresión de un conflicto. Su gran
fuerza surge de su doble cara: por un lado, es
metafórico, es decir, representa en sí
mismo el conflicto, lo significa; por otro, encierra
también, de forma paradójica y por
tanto compatible con el sufrimiento, una satisfacción
inconsciente.
El significado de un síntoma y la satisfacción
que paradójicamente produce son los elementos
esenciales que deben ponerse al descubierto en
un tratamiento.
Pero todavía hay algo importante a pensar
en relación al significado de un síntoma,
algo que lo hace intransferible por mucho que
pueda ser en apariencia similar al síntoma
de otra persona: su vinculación con la
historia personal.
El valor de la historia personal no es tan sólo
el de la hilación de una serie de acontecimientos,
tanto positivos como negativos, de la vida. Es
sobretodo la manera en que se han inscrito dichos
acontecimientos para cada persona, el significado
subjetivo que han asumido.
La base para esta inscripción la proporciona
el legado familiar, una herencia simbólica
que, al igual que la herencia genética,
se transmite de padres a hijos a través
de las generaciones.
3. El
legado familiar: 
Toda persona al nacer viene a ocupar un lugar
de deseo para sus padres. Ocupar un lugar de deseo
para los padres significa que, incluso mucho antes
de nacer, el bebé viene investido por un
nombre, unos atributos, unos ideales,... que los
padres le otorgan y que están relacionados
con su propia historia, como pareja y como individuos.
Esta historia es transgeneracional, es decir
que tiene que ver al mismo tiempo con la historia
de los padres, de los padres de los padres y de
éstos con los suyos y así sucesivamente.
El sujeto se reconoce así como producto
de una cadena y en consecuencia lleva consigo
la clave de los elementos que se van a transmitir,
muchos de ellos de forma inconsciente.
Por tanto, a pesar de encontrar paralelismos
o similitudes entre dos individuos la historia
de cada sujeto los hace absolutamente distintos.
La expresión “cada persona es un
mundo” alude justamente a esta herencia
personal. Los padres desean cosas para sus hijos
y proyectan en ellos sus aspiraciones y sus anhelos,
sus miedos y sus carencias: “será
una gran persona”; “podrá hacer
lo que a mi me ha sido imposible”; “tendrá
mejores oportunidades”....
Es bajo estos augurios que el bebé se
presenta y ocupa su lugar, identificándose
a estos valores y a estos deseos que en un principio
son los de sus padres.
Después se demostrará si realmente
estos ideales serán lo mejor para ese hijo
o por el contrario van a suponer una carga excesiva
que le impida poder escoger y actuar por su cuenta,
libremente.
El recién nacido tiene poco que decir
cuando todavía no puede hablar. Sin embargo,
el lenguaje o los intentos para comunicarse aparecen
ya tempranamente.
Llantos, gritos, murmullos, muecas, etc. ya son
interpretables a corta edad, tienen un significado
de lenguaje siempre que alguien pueda hacer esta
lectura.
Esta es la primera gran función de los
padres o de las personas que atienden al niño
en general, interpretar aquello que el niño
pueda querer decir, o sea, dar un significado
a aquello que le ocurre.
Evidentemente los padres no siempre aciertan
en sus interpretaciones pero esa no es la cuestión
fundamental. La cuestión es poder dar al
niño la oportunidad de incluirse en el
mundo como sujeto.
Una de las condiciones primordiales para el devenir
sujeto es posibilitar precisamente la subjetividad.
Normalmente las madres pueden reconocer precozmente
si por ejemplo un llanto responde a exigencias
de hambre o de sueño. También pueden
interpretar algunas primeras expresiones o comportamientos
de queja, de rechazo o de malestar.
Si bien es cierto que el niño llora cuando
tiene hambre también lo hace cuando está
inquieto o cuando reclama la presencia de la madre.
No obstante hay quién tiene más
dificultad para pensar en todas esas posibilidades
o responde a ello siempre de una misma manera.
Fácilmente puede utilizarse la comida,
por ejemplo, como una manera recurrente de aliviar
cualquier queja cuando en realidad el bebé
puede estar reclamando otro tipo de atención.
Es en estas circunstancias que precozmente pueden
aparecer los primeros trastornos de la alimentación,
siguiendo con el ejemplo de la comida. Vómitos,
regurgitaciones, negativas a comer, etc. son algunas
de las manifestaciones que se observan más
a menudo.
Es tarea de la persona que cuida el bebé
poder introducir estos matices a los que se accede
sólo por el lenguaje y la función
simbólica.
Por tanto, no hay que responder siempre de forma
plana a los cuidados físicos del bebé,
hay que tener en cuenta que además de las
necesidades orgánicas el niño tiene
igualmente necesidades emocionales y afectivas.
Al ocuparnos de ellas es cuando realmente sentamos
las bases de su incorporación en el mundo
como ser humano.
No atender las necesidades psíquicas del
bebé comporta consecuencias físicas
como se ha visto a través del ejemplo.
Esto nos demuestra precisamente que algo de la
subjetividad del niño se pone ya de manifiesto
a corta edad.
El niño, al dejar de comer, da un “no”
por respuesta, parece querer decir “no es
eso lo que pido, se trata de otra cosa”.
Más allá de las necesidades fisiológicas
que la madre atiende con su cuidado el niño
es capaz de introducir algo más, dar a
entender qué quiere y poco a poco irá
decidiendo cómo se ajusta a ese lugar que
le ha sido asignado.
Al hablar del niño nos damos cuenta de
cómo se instala la subjetividad en el ser
humano, algo que se construye en relación
a los demás y no como algo determinado
necesariamente por la especie.
Así, aplicado al terreno de la persona
que padece hemofilia, más allá del
lugar que le es asignado por el entorno familiar,
y más allá aún de lo que
parece estar determinado genéticamente
“si se da golpes tendrá hemorragias”,
“padecerá de las articulaciones”
- la persona hemofílica también
tiene la posibilidad de escoger qué tipo
de sujeto quiere ser.
Dicho de otro modo, puede decidir con qué
y a qué se va a sujetar; si a la hemofilia
como el centro de su existencia, o a otros aspectos
de su vida entre los cuales la hemofilia será
uno más.
4. Hemofilia
y trastornos psicológicos: 
¿La enfermedad crónica en general,
y la hemofilia en particular, hacen más
susceptible a la persona afectada a sufrir más
trastornos psicológicos que otra persona?
Ni la hemofilia ni ninguna otra enfermedad, condicionan
necesariamente padecer un malestar anímico
o experimentar trastornos de tipo psicológico.
Un desorden psicológico no depende necesariamente
de un desorden físico, de una dolencia
o de un déficit en la coagulación;
ni de la gravedad de éste ni del grado
de invalidez que pueda llegar a suponer.
Todos conocemos personas que sin estar enfermas
se encuentran anímicamente deprimidas o
angustiadas, que se ahogan fácilmente en
un vaso de agua; o al revés, también
conocemos personas para las cuales el estado de
enfermedad no ha hecho disminuir su humor, sus
ganas de compartir, su dinamismo o no las ha privado
de disfrutar de sus relaciones personales; parece
que pueden manejarse mejor ante las adversidades
que les depara la vida.
Quién más quién menos, ha
sido igualmente testigo de personas que en circunstancias
especialmente dolorosas, han sido capaces de reaccionar
o de hacerles frente con una fuerza y un coraje
dignos de admiración, algo incomprensible
desde el punto de vista de quién no se
encuentra en aquella situación. Todo ello
nos hace pensar que, efectivamente, ni la hemofilia
ni las adversidades son determinantes.
Lo que sí determina el grado de sufrimiento
psicológico es cómo cada persona
reacciona ante lo que le es propio. La hemofilia
puede ser vivida de muy diversas maneras, tantas
maneras como personas hay que la padecen.
Cada persona encuentra su fórmula particular
de ubicarla en su vida y de darle un sentido a
pesar del carácter genético-hereditario
que la define.
Para algunas personas la condición de
“enferma” no supone renunciar a sus
ideales y por tanto orientan sus vidas hacia el
encuentro de ocasiones de superación donde
realmente se ven realizados sus proyectos.
Otras, en cambio, que consideran la hemofilia
su primer revés, hacen del infortunio su
razón de ser y acaban dirigiendo su vida,
sin apenas darse cuenta, hacia situaciones de
desgracia, de malestar, de desolación y
de mayor sufrimiento si cabe.
Estas son dos posiciones extremas que ejemplifican
modos de actuar y de sentir bien distintos.
La primera posición, la más saludable
de las dos sin duda, permite aceptar la falta
sin necesidad de negarla. La persona busca y encuentra
salidas a su situación; puede suplir la
falta por alternativas igualmente satisfactorias.
Por ejemplo se permite construir una afirmación
como la siguiente “si no puedo ejercer de
albañil, me dedicaré a la mecánica”
encontrando además lo que de positivo le
aporta esta nueva situación:
continuar construyendo aunque sea otro tipo de
cosas, recuperar tal vez viejas aficiones, someterse
a un menor esfuerzo físico y menor riesgo
hemorrágico, etc.
Instalarse en la queja permanente acerca de lo
que se carece o no se puede hacer imposibilita
tomar decisiones y buscar alternativas. Quizá
sea este el motivo por el cual algunas personas
prefieren mantenerse en este lugar.
Si bien la búsqueda de soluciones es la
alternativa por excelencia a cualquier circunstancia
de la vida, no se debe confundir con el hacer
ver que no ocurre nada, que la hemofilia no existe,
como solución para afrontar la enfermedad.
Eso conlleva actuar como si tal cosa. Se trata
de otra forma de proceder perjudicial tanto física
como anímicamente que niega la existencia
de cualquier tipo de limitación.
Hay que poder diferenciar un mecanismo defensivo
de un aprendizaje propiamente dicho.
Cuando el niño, más allá
de los límites que imponen sus padres ante
el riesgo a lastimarse, explora su entorno y sus
capacidades físicas, es bueno que pueda
ponerse a prueba para conocerse mejor y conocer
los efectos en el cuerpo de su hemofilia tanto
como le sea posible, hasta que la falta se manifieste.
Este va a ser su límite particular, propio,
siempre distinto al de otro. Lo que para uno es
perjudicial, para otro no tiene apenas consecuencias.
Incluso lo que hoy puede lastimar, puede que en
otras circunstancias no.
Este aprendizaje basado en la experiencia se
entiende como algo natural y necesario en esta
fase exploratoria de la vida u en otras donde
el conocimiento sea el objeto de esta forma de
actuar, un bagaje esencial que le acompañará
en la vida adulta.
Esta posición permite justamente tomar
contacto con la realidad, ajustarse a lo que uno
puede o no puede y a ubicarse en un contorno propio
e intransferible.
Sin embargo, cuando este proceder no forma parte
de un conocimiento personal sino que se constituye
como una manera de ajustar la realidad a uno mismo
y no al revés, entonces hablamos de una
forma especial de contacto con la realidad muy
distinta a la anterior que lleva a afirmar que:
“no estoy enfermo”; “por una
vez no va a pasar nada”; “puedo hacer
cualquier cosa que se me antoje”.
Lejos de una actitud de superación nos
encontramos ante una actitud de negación
de la evidencia y eso va en detrimento del propio
afectado, a puesto que se franquean los límites
de lo posible con el correspondiente desajuste
afectivo que eso le conllevará tarde o
temprano.
¿Qué hace que algunas personas
se posicionen en un sentido y no en otro? ¿Existen
factores que empujen hacia un lado o hacia el
otro? ¿Qué lleva a tomar una decisión
y no la contraria?. Esta es la cuestión.
No podemos hablar de condicionantes ni de factores
únicos ni de factores mejores a la hora
de explicar como abordar una enfermedad crónica,
sea cual sea ésta.
Tampoco hay fórmulas mágicas que
cambien radicalmente el sentido y la orientación
de la vida. Lo que sí tiene absoluta importancia
es:
1.- qué lugar viene a ocupar la enfermedad
en el seno de una familia; qué status se
le da, qué viene a representar para el
funcionamiento familiar.
2.- qué posición toma la persona
afectada ante el lugar que le es asignado por
el entorno familiar; qué escoge el sujeto
para sí mismo.
4.1 El lugar que ocupa la hemofilia en la familia
Las reacciones de una familia que recibe el diagnóstico
precoz de una enfermedad desconocida, más
o menos grave, crónica, de origen genético-hereditario,
de escasa incidencia, como la hemofilia, pueden
ser múltiples.
Al principio con frecuencia, suele tratarse de
reacciones relacionadas con la incredulidad, la
pena, la desolación, la tristeza, la rabia,...
Los padres no ven cumplidos sus ideales en ese
hijo “enfermo”, aquellos que habían
construido como pareja antes del nacimiento de
su bebé.
No es así como le habían concebido,
cómo habían pensado sus atributos,
su imagen, como inventaban su presente y su futuro
y por tanto sus expectativas se ven truncadas.
Estos sentimientos iniciales no tienen porque
persistir ni mantenerse con la misma intensidad
que al principio.
Ante una reacción inicial lógica
cabe esperar que con el tiempo ésta vaya
madurando hacia sentimientos más tolerables
y más transigentes, que posibiliten construir
nuevos proyectos, nuevas ilusiones, nuevas expectativas
para todos.
El niño va a tener así la oportunidad
de constituirse como sujeto deseado y como sujeto
sostenido; sostenido por el deseo de sus padres.
No obstante, si éstos sentimientos permanecen
a lo largo del tiempo, darán cuenta del
malestar que aquella situación supuso en
el núcleo familiar; de algo que ha permanecido
intacto, enquistado y ha constituido un nudo neurálgico
a partir del cual se han organizado sin duda los
vínculos familiares de forma particular.
Dicho de otra manera, la dificultad de unos padres
ante el manejo de sus frustraciones influye, a
menudo sin tener conciencia de ello, sobre la
ubicación de la enfermedad y la del hijo
enfermo. Encontramos así varios ejemplos
ilustrativos de situaciones habituales de este
tipo:
a.- En el lugar de impedimento, de lamento, como
algo que frustra siempre cualquier iniciativa,
cualquier ilusión o proyecto de futuro.
Posición que evoca siempre sentimientos
de pérdida irreparable, de pena y de tristeza
como si de una situación de duelo se tratara
y que fácilmente lleva a responsabilizar
al niño de algo sobre lo que éste
no tiene poder decisorio ninguno.
b.- En el lugar de tapadera, como algo que oculta
dificultades afectivas familiares que no pueden
ser dichas, ni tan siquiera reconocidas o pensadas.
A veces el niño se convierte en niño-síntoma
para el grupo familiar.
A través de su enfermedad, de su evolución,
gravedad o apariencia se muestra o se oculta algo
que pertenece al malestar colectivo o de la pareja.
La familia puede manifestar a través de
ello afectos que le es imposible expresar en primera
persona.
Así a veces algunas expresiones acerca
de lo físico tienen una doble lectura en
lo psicológico. El dolor puede referirse
tanto a una hemartrosis de rodilla como a una
emoción dañina; una caída,
además de suponer un hecho traumático
accidental también puede significar perder
el lugar ideal para alguien.
Otros términos habituales en el vocabulario
del hemofílico pueden esconder ese doble
mensaje metafórico: traumatismo, defensas,
herida...
Es curioso observar que muchas veces, cuando
los afectos pueden manifestarse sin utilizar el
cuerpo del niño, éste mejora su
estado general.
c.- En el lugar de objeto de goce para la madre.
La preocupación por un hijo enfermo normalmente
empuja a la madre, quizás con mayor frecuencia
que al padre por ser la persona que más
se ocupa del cuidado del bebé, a una atención
especial, sobredimensionada a veces, que puede
llevar a la exclusión del padre en las
funciones que le son propias; estas son, las de
poner una prudente y necesaria distancia entre
madre e hijo para garantizar el espacio vital
reservado a cada uno de ellos.
De no ser así, el niño podría
quedar excesivamente expuesto a la vorágine
materna, como ocurre a veces cuando la figura
paterna queda relegada y no es reconocida su autoridad
moral, o cuando ambos (padre y madre) entienden
ese hijo como algo concerniente sólo a
ella.
d.- En el lugar de cuerpo físico simplemente,
sobre el cual hay que operar, en el que hay que
intervenir, un cuerpo carente de necesidades afectivas.
Los casos más graves de hemofilia, en
los que la urgencia, el temor por la vida, las
intervenciones, los ingresos, los tratamientos
dejan expuesto el cuerpo del paciente a múltiples
manipulaciones impiden en ocasiones reconocer
en ese cuerpo a un ser con deseos.
La imposibilidad para escuchar a quién
padece, deja al enfermo sin medios para tomar
parte activa, para poder prepararse, anticiparse
o simbolizar dichos actos, a veces inevitables
cuando se trata de situaciones extremas.
4.2 La posición subjetiva ante la enfermedad
No cabe duda que, más allá de lo
que lo orgánico parece determinar, existe
la posibilidad de que todo sujeto pueda hacer
su propia elección, su particular apuesta
por la vida.
Si para algunos la condición de enfermedad
les deja postrados en una posición de dependencia
psicológica, de queja reiterada por la carencia,
por la falta (falta de un factor coagulante, falta
de salud, falta de sangre, falta de atención,…)
para otros constituye un reto vital, una lucha por
el logro, por la consecución, por la incorporación
de nuevos hitos (estudios, trabajo, familia, proyectos,…)
con la vista puesta en un futuro mejor.
¿Qué distingue estos dos enfoques?
Hay actitudes clave que se ponen en juego.
Fundamentalmente podríamos citar la capacidad
para conectar con los propios sentimientos, la
tolerancia a la frustración, el lugar donde
se ubica la causa de los problemas, la diferente
actitud tomada ante las dificultades y la calidad
de las soluciones encontradas, la confianza ante
las propias capacidades, la indulgencia ante los
sentimientos de culpa, la facilidad para ponerse
en el lugar del otro,…
A continuación abordamos con más
profundidad algunas de estas actitudes, aquellas
que pueden ser de mayor interés.
a.- Capacidad para conectar con las propias emociones.
Es de vital importancia conocer e identificar
no sólo como uno se siente ante determinadas
situaciones sino también por qué
uno se siente de tal o de cual modo.
Ante un conflicto el aparato psíquico
se defiende haciendo inconsciente la situación
intolerable. No obstante, los sentimientos que
la acompañaban quedan libres, sin soporte,
desvinculados del conflicto que los ocasionó.
Se manifiestan entonces como depresión,
angustia, malestar, provocando extrañeza,
pues ya no resulta fácil acertar sobre
las causas que los han originado. En la misma
línea estaría sentir una preocupación
desmesurada por algo sin tanta importancia.
b.- Capacidad para tolerar la frustración.
No disponer de todo lo que uno desea genera sentimientos
de frustración. La frustración es
un afecto inherente a la condición humana,
puesto que efectivamente, no todo está
permitido y no todo es posible.
Una enfermedad como la hemofilia, moviliza habitualmente
este tipo de sentimiento. A pesar de ello, el
estado de salud tampoco ofrece a las personas
tenerlo todo; siempre hay un límite infranqueable,
una ley reguladora del exceso que sitúa
a toda persona carente de algo.
En clave psicoanalítica es justamente
la posición del sujeto ante ese punto fundamental
lo que vendrá a definir su estado de salud
psíquica.
Es preciso que la ansiedad que genera la frustración
sea debidamente tolerada. Hay que poder soportar
ciertas dosis de malestar antes que responder
con actuaciones o conductas que, como actos que
son, no han sido metaforizados.
Cuando hay poca tolerancia a la frustración
la persona tiende a consolarse con comportamientos
que permiten descargar su malestar de forma inmediata
aunque no definitiva, ya que el simple hecho de
realizarlos no supone la resolución del
conflicto sino tan sólo la descarga momentánea
del malestar que genera.
Las conductas adictivas y los actos compulsivos
de todo tipo son buena muestra de ello.
c.- Ubicación de la fuente de problemas.
A menudo resulta difícil saber exactamente
por qué ocurren las cosas. Encontrarnos
en situaciones de conflicto repetidas veces, como
si se tratara una y otra vez de lo mismo, nos
despierta cierta extrañeza, pero no siempre
demasiada curiosidad.
Fácilmente podemos pensar que son los
demás los causantes de nuestras desgracias
o que las circunstancias nos han sido adversas.
Argumentos como “quieren aprovecharse”,
“me tienen envidia”, o “por
culpa del tiempo”, “la mala suerte”,
“el destino”, reproducen algunas de
las expresiones habituales.
Un poco más difícil es pensar que
la causa de los propios problemas sea uno mismo,
cuanto menos, algo se tiene que ver con ellos si
se manifiestan siempre allí donde uno va.
Admitir ser la causa del propio malestar es doloroso
y responsabilizarse de ello más doloroso
todavía.
A pesar de todo, el alivio sólo llega
de la mano del ser consciente de ello y del esfuerzo
y del compromiso por modificar algo, para afrontar
activamente la resolución del conflicto.
d.- Actitud tomada ante los problemas y calidad
de las soluciones encontradas. No siempre ser
consciente de los propios problemas y situarse
como causante de ellos implica ponerse en marcha.
El esfuerzo que supone hacerse cargo de uno mismo
hace que en muchas ocasiones se hagan intentos
vagos, tímidos y en realidad poco eficaces
sobre los pasos a seguir.
Contentarse con medias soluciones, soluciones
de compromiso o con aplazamientos no hace más
que retardar respuestas o dar respuestas poco
o nada resolutivas. “Quizás”,
“puede”, “a lo mejor”,
“ya veremos”… son expresiones
que ejemplifican ese modo de enfocar las dificultades.
También en esta línea se encuentra
el pedir ayuda para después desecharla
porque a la hora de la verdad no se puede aceptar
ninguna sugerencia que obligue a pensar algún
cambio.
La respuesta adecuada se perfila como aquella
que mejor se ajusta a la realidad, que incluye
la valoración de los pros y los contras
de una situación determinada, que lleva
implícita una apuesta –el riesgo
a equivocarse- así como la posibilidad
de enmendar o corregir si es necesario. No hay
soluciones mágicas posibles, ni milagros
ni golpes de suerte en este terreno.
e.- Confianza en las propias capacidades. Hay
personas que no se sienten con la confianza suficiente
para poder resolver activamente y de forma eficaz
un conflicto, el suyo.
Los problemas le abruman en exceso o simplemente
se maneja mal con sus afectos y su malestar. Es
síntoma de alarma la desconfianza de uno
mismo sobre sus cualidades buenas si predominan
sentimientos de denigración, de empobrecimiento
o de debilidad.
Expresiones como “no puedo”, “no
sé”, “es imposible”,
dan cuenta de esa posición subjetiva que
difícilmente encuentra salida en sí
misma.
Pedir ayuda a otros sería en este caso
utilizar una capacidad más de las que dispone
cualquier persona, ya que supone el reconocimiento
de una necesidad.
Por el contrario, a veces hay una sobrevaloración,
para nada ajustada a la capacidad real de un sujeto.
Eso también trae sus consecuencias.
Cuanto más exagerada es la percepción
sobre la capacidad de ejecución tanto mayor
será el desajuste con la realidad y en
consecuencia el desajuste con la experiencia emocional.
5. Algunos
mecanismos de defensa ante la enfermedad: 
¿Qué entendemos por mecanismo psicológico
de defensa? Como indica el término, defensa
hace alusión a la protección que
cualquiera toma ante un peligro que le acecha.
¿Pero de qué peligro hablamos y
a quién amenaza? Si se trata de un mecanismo
psicológico, entonces entendemos que se
refiere a una construcción de nuestro aparato
psíquico; una construcción erigida
para defendernos no de algo proveniente del exterior
sino de nuestro propio inconsciente, de aquello
que se quiere reprimir y que a veces, por el mismo
fracaso de la defensa, aflora en nuestra conciencia
sin pedir permiso.
Así, la defensa es defensa de algo que
proviene de nuestro mundo interno, algo que nos
amenaza, que amenaza nuestra parte consciente.
Habitualmente las defensas soportan bien la presión
interna a la que se ven sujetas aunque a veces
la defensa puede resquebrajarse y dejar entrever
parte de lo reprimido.
Por ser reprimido no se reconoce su naturaleza
ya que aparece siempre como algo enigmático,
algo que no se sabe muy bien cómo abordar:
un sueño inquietante, una idea absurda,
un lapsus, un olvido...
Si la presión psíquica no es excesiva
o la defensa está bien construida, nuestra
vida discurre sin demasiados estragos. Aun así,
cuando el sistema defensivo es excesivamente rígido
también da cuenta de cierta vulnerabilidad
psíquica.
Existen muchos tipos distintos de mecanismos psicológicos
defensivos. Aquí abordaremos sólo
algunos de ellos.
5.1 La somatización: cuerpo, síntomas
y emociones
La somatización es un mecanismo de defensa
muy frecuente. Es el mecanismo por el cual el
malestar anímico se deriva hacia un malestar
corporal.
Es difícil a veces discernir entre un
malestar propiamente orgánico de otro que
ha sido derivado a lo orgánico desde lo
psíquico; más aún entre personas
para las cuales el dolor pueda ser una sensación
habitual.
Es importante ser capaces de expresar los sentimientos
o las emociones. Pero tanto o más importante
que expresarlas se trata de que se puedan relacionar
con el propio malestar psíquico o sufrimiento
mental.
Existen muchos tipos de emociones y sentimientos
que todos hemos experimentado en algún
que otro momento de la vida: la rabia, la envidia,
los celos, la revancha, el odio, la tristeza,
el desánimo, la frustración, la
alegría, la euforia, la angustia, la culpa,
etc. son una pequeña muestra.
Hay personas que tienen poca conciencia de sus
emociones, o puede que no sean capaces de precisar
demasiados detalles o las particularidades o las
circunstancias que las han inducido. Estas son
carencias que hay que poder trabajar.
A veces todo queda confuso bajo la apariencia
de un malestar generalizado, sin estar situado
en ningún estado anímico concreto,
ni tan siquiera respecto a una circunstancia determinada.
Algunas personas manifiestan este estado de confusión
con la expresión “no sé que
me pasa”.
Pero, ¿por qué es tan importante
que los sentimientos se puedan expresar, identificar
y hacer conscientes?. Expresar emociones no significa
escenificar abiertamente aquello que afecta, sino
que se refiere a un saber sobre uno mismo. Significa,
de alguna manera, poder identificar qué
ocurre y con respecto a qué.
De no ser así, las emociones pueden jugarnos
una trastada, traicionarnos. Puede ocurrir que alguien
no pueda manifestar aquello que siente, o lo manifieste
desproporcionadamente o con reacciones contrarias
a las que cabría esperar en una situación
determinada.
Normalmente, cuando los sentimientos, los pensamientos
o los deseos son más dolorosos, intensos
o indeseables de lo que se cree soportable o justificable,
el aparato psíquico se dispone a hacer
todo lo posible para paliar el malestar que éstos
generan al estado consciente.
Se las ingenia, por ejemplo, para disimular lo
que parece demasiado intenso, para ocultar lo
que desagrada, para olvidar incluso los motivos
o la causa del malestar; es decir que, ante el
malestar, el aparato psíquico se activa
con el objeto de disminuir el dolor anímico.
¿Cómo lo hace? Tan simple y tan
complejo como convirtiendo lo que es consciente
en algo inconsciente. Aparentemente parece que
si el malestar se mantiene inconsciente sea menos
angustiante; pero eso no es totalmente cierto
y veremos por qué.
Cuando los sentimientos o los afectos no se evalúan,
no se reconocen o se ignoran los motivos, entonces
buscan maneras alternativas de manifestarse, distintas
a las del reconocimiento; las propiamente denominadas
vías del inconsciente.
Este salto se produce inconscientemente, es decir
que el propio sujeto desconoce la vía alternativa
que estas emociones han escogido para darse salida.
Una de ellas es la somatización.
En la somatización el aparato psíquico
se sirve de lo físico en su propósito
de mantener alejado el dolor anímico. El
aparato psíquico se fija en algún
punto del cuerpo de especial vulnerabilidad para
el sujeto y allí se muestra sintomáticamente.
¿Qué consigue con ello?
Consigue precisamente esconder tanto como le
es posible un dolor anímico transformándolo
en un dolor en el cuerpo. Sin tener conciencia
de ello, el cuerpo se convierte en un terreno
óptimo de queja sobre el malestar.
Óptimo en cuanto a que la queja en el cuerpo
queda desvinculada de la queja anímica
y la persona afectada queda liberada de abordar
su conflicto.
La queja sobre el malestar psíquico se
convierte así en queja de un malestar físico,
mucho más fácil de soportar ya que
el conflicto psíquico, mucho más
doloroso, sin duda, no queda cuestionado.
Todos podemos reconocer en una úlcera
o un dolor de cabeza, por ejemplo, algunas muestras
de ello. Nadie duda del carácter psicológico
que tienen estas manifestaciones somáticas.
Otros muchos síntomas corporales que no
quedan orgánicamente explicados o algunos
síntomas hemofílicos entrarían
igualmente dentro de esta forma de proceder.
Esto hace que a veces no encontremos en la medicina
la respuesta a nuestros males ya que buscamos
justamente en el terreno de lo orgánico
aquello que es de orden psíquico o bien
insistimos en tratar el malestar anímico
de la misma manera que tratamos el malestar físico.
Siendo como son de naturalezas distintas necesitan
un trato diferente.
5.2 La negación
Hemos visto como los mecanismos de defensa se
construyen para obstaculizar el paso a lo consciente
de aquello que se ha reprimido y que forma parte
de lo que viene a constituir el inconsciente.
Se reprime justo aquello que en el campo de la
conciencia se percibe como excesivamente doloroso.
A veces lo inconsciente sale a luz, pero raras
veces podemos entender esa muestra como una manifestación
del inconsciente puesto que sus apariciones son
siempre deformadas, disfrazadas, difíciles
de asociar con la representación reprimida
inicial. Los sueños son una viva imagen
plástica de ello.
Así, en el caso de la negación
el contenido inconsciente se manifiesta sólo
si es negado. Por ejemplo la expresión
“no crea usted que odio a mi hermano”
o “no es mi madre quién me persigue
en el sueño” muestran cómo
y con qué se construye este tipo de defensa.
Sólo puede decirse lo disimulado por un
“no”. Así lo que es negado
hay que entenderlo como todo lo contrario: “odio
a mi hermano” o “mi madre me persigue”.
Como vemos, la negación es un mecanismo
distinto al de la ocultación. Ocultar es
un acto voluntario sobre el cual el sujeto tiene
plena conciencia. Tampoco se debe confundir con
decir “no”. Nos referimos a la negación
sólo al hablar del contenido inconsciente.
¿Por qué es importante hablar de
la negación? ¿Se trata de un mecanismo
defensivo habitual en las personas con hemofilia?
Como hemos visto los mecanismos de defensa no
reconocen enfermedades ni factores ambientales
sino que son construcciones psíquicas que
permiten tolerar mejor, a veces más a veces
menos, contenidos inconscientes desagradables.
Siguiendo con los ejemplos anteriores no es muy
agradable reconocer sentimientos hostiles hacia
un hermano o sentirse perseguido por la madre.
La negación por tanto no tiene que ver
con la enfermedad sino con el proceder psíquico
y eso es común a todo el mundo. Si viene
incluido este mecanismo defensivo en este apartado
es justamente por su frecuencia.
5.3 La proyección
La proyección es un mecanismo psicológico
de defensa por el cual, como si de un proceso
de expulsión se tratara, una persona arroja
fuera de sí misma aquellas partes de su
ser que le son intolerables siendo otra quién
pasa a encarnar esa parte repudiada.
Así por ejemplo cuando no se puede tolerar
odiar al padre, la construcción se convierte
en “es él quién me odia a
mí”. No se trata de no querer saber
lo que uno repudia sino de no querer sentirse
identificado con ello, algo que compromete mucho
más la existencia.
En términos comunes es como hablar en
boca de otro; el otro puede decir aquello de lo
que uno no se ve capaz y con lo que no quiere
parecerse en absoluto.
Aplicado al caso de la hemofilia encontramos
distintas situaciones en los que este mecanismo
se pone de manifiesto.
La proyección es difícil de reconocer
como una construcción
propia, por tanto el sujeto debe trabajar a fondo
para entender que lo que le retorna del otro,
parte en realidad de si mismo.
En personas enfermas es fácil detectar
la proyección cuando al preguntar por sul
sufrimiento el paciente alude al sufrimiento de
quién tiene al lado. Es como “hacerse
el sueco” por lo que respecta a sus emociones.
Si bien es cierto que quién acompaña
al enfermo sufre por lo que le ocurre eso no significa
que cada cual pueda pensar en lo suyo, en sus
propios sufrimientos, en sus sensaciones.
6. Vicisitudes
de la demanda psicológica: 
Así pues, mientras nuestro aparato psíquico
trabaja con el objetivo de mantener un equilibrio
libre de conflicto, las representaciones y emociones
luchan por abrirse camino hacia lo consciente.
Esto siempre sucede así, y de hecho, lo
que intentamos reprimir se muestra finalmente
puesto que es su meta encontrar una vía
de expresión. Ya hemos visto que estas
vías de expresión pueden ser y son
diferentes, más o menos disfrazadas, más
o menos conflictivas.
En ocasiones la vía de expresión
no ocasiona tensiones, se trata de la sublimación,
pero en otras provocará sufrimiento, y
entonces hablaremos de síntoma. Que se
de una u otra situación dependerá
de distintos elementos en juego pero los más
determinantes son aquellos vinculados a la historia
personal.
Cuando aparece un síntoma en la vida de
una persona, esta puede reaccionar de diversas
maneras y pasar por diferentes momentos.
En general suele resultar difícil reconocer
el malestar y se le quiere acallar o negar en
un intento desesperado de que desaparezca. Admitir
su existencia significa dar un paso adelante aunque
sea para decir en un principio “no se que
me pasa”.
Otro momento crucial es reconocer que este malestar,
bajo cualquiera de sus posibles formas de expresión,
está íntimamente ligado a uno mismo.
Al principio el síntoma es vivido como
algo extraño, se podría decir que
extranjero a uno.
No se entiende, no se sabe de donde procede ni
mucho menos que pueda significar algo. Se vive
como una imposición, y en consecuencia,
se desea que desaparezca con la mayor facilidad
y rapidez posible, extirparlo si se pudiera.
Esto puede llevar a la persona a dar algunos
pasos en esta dirección, animada por la
fantasía de poder hacer desaparecer rápidamente,
mágicamente, el malestar.
Sólo la sinceridad con uno mismo, reconociendo
el malestar emocional como un producto propio,
permitirá un primer cambio de posición
subjetiva que coloque a la persona frente al síntoma
como un “digno adversario”, haciéndonos
eco de las palabras de Freud.
Es entonces cuando realmente se puede luchar
contra el malestar con posibilidades reales de
vencerlo, a partir de descifrar el lado metafórico
del síntoma, es decir, entender su significado,
y aceptar también la satisfacción
que comporta, aún con el sufrimiento.
Pero será, sobre todo, ese reconocimiento
subjetivo lo que permitirá a la persona
abandonar la idea de una desaparición mágica
del síntoma y orientarse ahora en la búsqueda
de soluciones eficaces.
Por tanto, no es quien está peor quien
consulta al psicólogo. Acude precisamente
aquel que reconoce un malestar anímico
y orienta su resolución a quien mejor lo
puede ayudar.
Es un acto de madurez psíquica, que implica
identificar y reconocer la naturaleza psicológica
del problema, reconocer las propias limitaciones
sin excusarse en ellas, orientándose a
la búsqueda de soluciones efectivas.
Es fácil que una situación se vaya
repitiendo en la vida, puesto que la repetición
es inherente al síntoma ya que por definición
una representación reprimida se abre paso
a cualquier precio continuamente.
Así, una persona se puede encontrar por
ejemplo con que siempre pierde las amistades,
o que siempre tiene problemas con sus parejas,
a pesar de esperar, conscientemente, otro escenario.
Fácilmente surge la pregunta “¿por
qué siempre me ocurre lo mismo?”.
Casi con total seguridad esta pregunta expresa
al principio una queja. Una queja en relación
a situaciones que la persona entiende en este
momento como externas a ella misma, y de las que
se considera víctima.
Cuando la pregunta deja de ser sólo una
queja para pasar a ser realmente una interrogación,
incluyendo la posibilidad de que eso que le sucede
tiene que ver consigo mismo, es cuando se abre
una posibilidad real de cambio.
Este descubrimiento provocará distintas
reacciones: sorpresa, compresión, incredulidad,
dolor, curiosidad, miedo, rechazo, interés.
El peso específico de estos elementos será
importante a la hora de que el sujeto tome posición
ante el tratamiento.
Si la persona es capaz de depositar su confianza
en el profesional y en la terapia, y si el deseo
de conocer supera al miedo y al dolor, la persona
estará en posición de ponerse a
trabajar y el tratamiento tendrá posibilidad
de ser.
La auténtica demanda psicológica
es pues una interrogación sincera y valiente,
un cuestionamiento sobre uno mismo en relación
al síntoma y más allá de
él. Un cuestionamiento – ya no una
pregunta sobre soluciones fáciles, ya no
una queja - que se dirige a otro, el psicólogo,
para acabar revertiendo sobre uno mismo.
Siendo como son los síntomas manifestaciones
de lo inconsciente, la pregunta que surge ahora
es cómo poder, en el trabajo terapéutico,
acceder a lo inconsciente para descifrar el significado
del síntoma y desvelar la satisfacción
que implica. Será a través de las
palabras, del lenguaje.
El lenguaje hace único al ser humano.
Le ha permitido acceder al pensamiento, al mundo
simbólico. Cada palabra es, en consecuencia,
representante de este mundo simbólico.
Ferdinand de Saussure, que impartió una
serie de seminarios al inicio del siglo XX, seminarios
que conformaron después el libro “Curso
de lingüística general”, acuñó
el termino de “significante”.
Las palabras son significantes y esta es su fuerza.
Como significantes son capaces de concentrar en
sí mismas diversos significados, tanto
los propios del consenso lingüístico
como los individuales de cada persona, y de producir
cadenas asociativas.
De estas se sirven las representaciones inconscientes
para franquear la represión. En el trabajo
terapéutico, las cadenas asociativas prestarán
esta misma utilidad.
Lo más interesante es que son específicas
para cada persona y en absoluto arbitrarias pues
están totalmente vinculadas a la historia
personal y al legado familiar. Es sobre todo ello
que se centrará el trabajo terapéutico.
7. Decisiones
inconscientes: 
El presente capítulo nos ha hecho dar cuenta,
una vez más, de lo muy compleja que es
la naturaleza humana. Sabemos por un lado que
el hombre se compone de un cuerpo, algo que es
físico, palpable, directamente observable;
y por el otro de un psiquismo, algo inmaterial
pero igualmente operante.
Del mismo modo que el organismo tiene un lado
externo y otro interno (la anatomía se
ha ocupado a lo largo de los siglos de descubrir,
no sin dificultades, lo que permanecía
oculto a la vista), el psiquismo humano tiene
asimismo dos vertientes, una visible y otra invisible.
La una, la conciencia y la otra, el inconsciente.
De la conciencia parten nuestros pensamientos,
nuestra lógica, nuestras decisiones,…
todo aquello de lo que hablamos abiertamente y
compartimos con quienes nos rodean y que se ajusta
a lo que es la realidad observable.
Del inconsciente en cambio parten sobretodo nuestros
deseos más desconocidos, aquellos de los
que no podemos dar razón. Ambas partes
operan distintamente, cada una desde el principio
que las rige, el principio de realidad la primera
y el principio de placer la segunda.
La una y la otra forcejean hacia lados opuestos
siendo la mayoría de veces la razón,
la conciencia o la lógica la que finalmente
acaba imponiéndose sobre la otra. Para
ilustrar esta idea pondremos un ejemplo.
Supongamos desear comer un pastel. El principio
de placer invita a degustar esta sabrosa comida
tanto como sea posible, incluso hasta el punto
del empache y sufrir las consecuencias del dulce
atracón.
El principio de realidad viene a regular este
exceso y permite detenerse justo antes de que
la acción pueda ser dañina. El principio
de realidad vela pues por nuestra integridad física.
Eso significa que a la hora de tomar decisiones,
la conciencia debe hacer, con mayor o menor fuerza,
un acto de imposición.
El exceso de racionalidad o la intelectualización
de lo emocional tampoco parece saludable en tanto
que impide que los sentimientos y los deseos puedan
aflorar.
A veces ocurre que, a pesar de la lógica,
las cosas se presentan de otro modo, quizás
de modo contrario a cómo se habían
previsto en un principio y con las que incluso
había un compromiso.
El principio de realidad ha sucumbido a los designios
del inconsciente y ocurre entonces algo inesperado,
algo sorpresivo cuya lógica es contraria
a lo racional, un hecho que es producto del inconsciente.
En el colectivo hemofílico se dan con
cierta frecuencia situaciones que muestran esa
lógica, o si no ¿cómo cabría
pensar estos casos?:
· embarazos “inesperados”
de portadoras
· evasivas a las pruebas de detección
· contagios de infecciones a la pareja
· abandono del tratamiento antirretroviral
Estos actos son en realidad decisiones inconscientes
porque provienen del inconsciente, responden a
deseos sobre los cuales no se ha podido reflexionar,
pero no por inconscientes exentos de responsabilidad,
puesto que parten de uno mismo. Ni las casualidades
ni las sorpresas existen si se tiene en cuenta
el inconsciente.
A la vista está que cada vez son más
y mejores los avances que la comunidad científica
pone a disposición de la sociedad. Nuevas
técnicas, nuevos tratamientos, nuevos inventos
que promueven la vida, la alargan y mejoran su
calidad las encontramos sobretodo en el mundo
desarrollado.
El colectivo hemofílico no queda al margen
de estos beneficios que, por lo que respecta al
tratamiento de las coagulopatías congénitas,
han ido ganando terreno en campos tan impensables
tiempo atrás como los de la ingeniería
genética, las técnicas de reproducción
asistida, los tratamientos con factor recombinante,
los antirretrovíricos, la esperanza de
las vacunas, etc.
No obstante, el debate que nos trae aquí
tiene que ver con todo lo expuesto anteriormente
en este capítulo y se centra en cómo
aborda cada individuo, desde su subjetividad,
todos estos nuevos retos.
Si bien es cierto que las técnicas y los
tratamientos en el campo de la salud suponen un
avance incuestionable también lo es que,
a pesar de ello, éstas no siempre son eficaces
para todo el mundo ni tampoco pueden ser aplicadas
de forma indiscriminada. Su aplicación
y su eficacia tienen que ver justamente y paradójicamente
con lo particular.
Un tratamiento es eficaz en tanto que se ajusta
a las medidas del receptor. No sólo hablamos
de medidas o condicionantes físicos (por
ejemplo, los criterios de inclusión para
un protocolo científico que tienen en cuenta
determinados parámetros clínicos)
sino también de variables como el momento
vital del paciente, el ánimo con que recibe
un tratamiento, qué le representa, qué
expectativas le ofrece, sus deseos más
recónditos, … son factores igualmente
importantes que influyen sobre el resultado.
Ya hemos visto cómo el inconsciente puede
manifestarse a través del cuerpo mediante
los síntomas y boicotear todo buen funcionamiento
de éste.
Teniendo en cuenta justamente estas variables
psicológicas y la incidencia de la historia
personal de cada paciente dos casos nunca puedan
ser tratados igual aunque parezcan similares y
eso hace que no todos los casos respondan del
mismo modo ante lo que se les propone.
Las diferencias individuales son múltiples
y cada persona recibe la técnica para lo
que le conviene.
8. ¿Qué
decir acerca de las infecciones?: 
Las infecciones por viruses han sido el gran caballo
de batalla del colectivo con hemofilia. Se añadió
con ello más leña al fuego y ha
resultado muy difícil de aceptar.
Cuando la infusión de factor empezaba
a mejorar la calidad de vida de tantos afectados,
esa misma esperanza truncó de repente el
futuro de muchos de ellos.
No obstante, la progresión de las enfermedades
provocadas por las infecciones víricas,
más en el caso del virus de la inmunodeficiencia
humana (VIH), ha ido remitiendo en la medida del
avance de nuevos tratamientos antirretrovíricos.
Afortunadamente se ha logrado un aumento espectacular
de la esperanza de vida. Eso ha conllevado que
muchos pacientes que en un momento se prepararon
para morir, se plantean ahora cómo vivir;
cómo convivir con algo que parece puede
estallar en cualquier momento y con algo que puede
también perjudicar o infectar a otros si
no se previene debidamente.
Por un lado hay que encontrar nuevas formas de
entender la vida y por el otro asumir una carga
de responsabilidad por el respeto hacia uno mismo
y hacia las personas con quién se mantiene
contacto sexual. De hecho, una cosa va con la
otra.
La experiencia con lo mortífero desata
mucha angustia y todo tipo de sentimientos en
la persona afectada. Tal como se ha desarrollado
a lo largo del capítulo, los mecanismos
psicológicos de defensa se erigen fuertemente
ante esta impresión traumática y
difícilmente, o al menos a simple vista,
la angustia se da a conocer en muchos casos tratados.
Ya se ha hablado de las repercusiones acerca
de no identificar emociones, manejarse mal con
ellas y no darles salida. En estos casos, más
que en otros, resulta especialmente trascendente.
La influencia que las emociones ejercen sobre
el sistema inmunitario ha sido demostrada ya en
muchas ocasiones.
Es muy saludable hacer un buen uso de ellas.
Mantener el aparato psíquico en tensión
resta capacidad a otros sistemas del cuerpo para
actuar adecuadamente. Del mismo modo el relajamiento
de la actividad mental y una posición anímica
emprendedora revitalizan los sistemas.
También es un acto deseable mantenerse
informado acerca de la enfermedad, acerca del
propio estado clínico, de los tratamientos
existentes, etc. es una forma más de responsabilizarse
con lo que hay, como también lo es ceñirse
al tratamiento y evitar contagiar. Justamente
se trata de actitudes que no mantienen ajeno al
individuo de lo que le toca vivir.
Evidentemente todo ello supone una carga emocional
añadida que conviene compartir con las
personas de más confianza: la familia,
algunos amigos, las parejas, profesionales de
la salud,… uno de los momentos más
angustiantes -descontando el momento de recibir
el diagnóstico- se presenta cuando alguien
infectado debe comunicar a su pareja su condición
de seropositividad.
Seguramente cuando la relación empieza
a tener cierto interés es quizás
el momento oportuno para introducir el tema. El
miedo a no ser comprendido, a ser abandonado y
sentirse solo retrasa muchas veces dar la noticia.
Pero justamente la ocultación hace que
la otra persona se sienta engañada y acabe
desconfiando de la relación. No hay que
tener prisa, pero tampoco se debe silenciar algo
tan importante.
Es preciso darse un tiempo y valorar el mejor
momento para que las personas que vayan a compartir
dicha situación estén igualmente
preparadas para entender, para escuchar, para
compartir, incluso para soportar.
Asegurar este requisito va a reforzar sin duda
la comunicación y el entendimiento entre
ambas partes. Vale la pena intentarlo en aras
a la libertad y al respeto que toda persona merece.
A veces, mientras no se tiene pareja estable,
uno puede sentirse erróneamente menos obligado
a contar lo suyo a su pareja sexual puesto que
se presenta sólo esporádicamente
y distinta cada vez.
Toda persona expuesta a un contagio tiene derecho
a estar informada por parte de la fuente contagiosa,
si es que ésta lo sabe. En cualquier caso
hay que tomar precauciones y usar siempre el preservativo
en las relaciones sexuales.
Que algunas personas, aún a sabiendas
de poder infectar prescinden de él actuando
bajo el efecto de la invulnerabilidad pone de
manifiesto hasta qué punto llega su grado
de hostilidad.
También el dejar el tratamiento o cualquier
otra posición de abandono o descuido en
el propio cuidado constituyen actos que indican
algo por sí mismos.
Aparecen como el reflejo de una intención
más o menos escondida de autodestrucción
aunque a veces se muestren como todo lo contrario
o como desafíos. Poder tratar esta situación
cuando se produce puede tener un efecto benéfico
importante, si la persona en cuestión tiene
esta posibilidad y la aprovecha con esta intención.
9.- Bibliografía:

“El yo y el Ello”. Freud, Obras Completas.
Vol.XIX Amorrortu Ed.
“Inhibición, síntoma y angustia”.
Freud, Obras Completas. Vol.XX Amorrortu Ed.
“La negación”. Freud, Obras
Completas. Vol.XIX Amorrortu Ed.
“La dimensión del acto en pediatría.
Observaciones acerca de los actos invasivos en
pediatría (IIª parte)”. Odile
Blay & Guy Trobas –El Niño. Revista
del Centro Interdisciplinar de Estudios del Niño
Instituto del Campo Freudiano- Vol. 4
“El psicoanalista frente a la prevención
perinatal”. François Ansermet –El
Niño. Revista del Centro Interdisciplinar
de Estudios del Niño Instituto del Campo
Freudiano- Vol. 10
“El cuerpo en la enseñanza de Jacques
Lacan”. Colette Soler –Confluencias-
Vol.I núm.3/ Otoño-87.
“Los cuatro conceptos fundamentales del
Psicoanálisis”. Seminario 11. Jacques
Lacan. Paidos Ed.
“L’entrevista psicoanalítica.
Una investigació empírica”.
Jaume Aguilar, Mª Victoria Oliva, Carla Marzani.
Columna Ed.
Monografies de Psicoanàlisi i psicoterapia,
nº 7.
10.-
Test: 
1/ ¿Qué es un mecanismo de defensa?
A/ aquello que permite defendernos de las adversidades
y de los demás
B/ aquello que permite defendernos de nuestras
propias ideas inconscientes
C/ aquello que permite mantener nuestro equilibrio
emocional
2/ ¿Por qué es tan importante reconocer
cómo uno se siente anímicamente?
A/ para sentirse más seguro consigo mismo
B/ para saber cómo reaccionar exactamente
C/ para evitar que los sentimientos se transformen
en otra cosa peor
3/ ¿A qué llamamos inconsciente?
A/ aquello que reprimimos de nuestra conciencia
B/ aquello que manifestamos a través de
los olvidos, los sueños, los lapsus, etc.
C/ ambas respuestas son ciertas
4/ ¿Cómo puede ayudarnos un psicólogo?
A/ en que nos haga dar cuenta
B/ en que nos diga cómo actuar
C/ en que solucione nuestros problemas
5/ ¿Qué es un síntoma psíquico?
A/ algo que nos resulta enigmático, molesto
y que se repite siempre
B/ algo a lo que no debemos dar mucha importancia
C/ ambas respuestas son ciertas
6/ ¿Padecer una enfermedad como la hemofilia
induce a tener más problemas de tipo psicológico
que una persona sana?
A/ si, porque una cosa lleva a la otra
B/ no, no tiene nada que ver
C/ en algunos casos si la hemofilia es muy grave
7/ ¿Qué es la posición subjetiva?
A/ la postura de cada sujeto para evitar el dolor
B/ la actitud de cada sujeto para mejorar su calidad
de vida
C/ la actitud tomada ante la vida
8/ ¿A qué nos referimos al hablar
de frustración?
A/ a un sentimiento de envidia por lo que tienen
otros
B/ a un sentimiento de desengaño por no
conseguir lo que se pretendía
C/ a un sentimiento de pérdida por algo
que se tenía
9/
A/
B/
C/
10/
A/
B/
C/
11/
A/
B/
C/
12/
A/
B/
C/
11.-
Respuestas: 
1/ B - aquello que permite defendernos de nuestras
propias ideas inconscientes
2/ C - para evitar que los sentimientos se transformen
en otra cosa peor
3/ C - ambas respuestas son ciertas
|