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Aspectos psicológicos - Psychological Aspects
Aspectos psicologicos- psychological aspects
Sílvia Grases y Montserrat Balcells
Servei de Psicologia.
Associació Catalana de l’Hemofília

Inddice:

01.- Introducción

02.- El mundo psíquico: inconsciente, síntomas e historia personal

03.- El legado familiar

04.- Hemofilia y trastornos psicológicos
4.1 El lugar que ocupa la hemofilia en la familia
4.2 La posición subjetiva ante la enfermedad

05.- Algunos mecanismos psicológicos de defensa
5.1 La somatización: cuerpo, síntomas y emociones
5.2 La negación
5.3 La proyección

06.- Vicisitudes de la demanda psicológica

07.- Decisiones inconscientes

08.- Qué decir acerca de las infecciones

09.- Bibliografía:

10.- Test:

11.- Respuestas:

__________________

"Creí mi hogar apagado,
revolví la ceniza,
me quemé la mano".
Antonio Machado
__________________

1. Introducción:                                                                                                up
La inteligencia y las emociones son atributos de la naturaleza humana que hacen de la nuestra, una especie privilegiada. Tanto la una como la otra, inteligencia y emoción, son producciones complejas, variadas, ricas en matices, que se pueden expresar de formas muy diversas
–no hay una fórmula única, ni mejor ni más eficaz-,
y tienen la virtud de disponer al ser humano para la vida cuando existe la posibilidad de ser desarrolladas.

En este capítulo no hablaremos de inteligencia sino de emociones aunque la capacidad para sentir emociones esté íntimamente relacionada con la capacidad del ser inteligente.
Queremos abordar fundamentalmente la importancia de las emociones, de cómo nos influyen y cómo las utilizamos. En suma, un conjunto de aspectos a reflexionar.

2. El mundo psíquico: inconsciente, síntomas e historia personal:                  up

Son precisamente nuestras emociones las que atestiguan la existencia de un mundo psíquico. El avance de las tecnologías actuales, con la aparición de internet, aporta un modelo de mundo virtual, intangible, pero a la vez consistente, potente y capaz de efectos, como lo es el mundo psíquico.

Además de las emociones, otros elementos conforman este mundo o afloran desde él: los deseos, los ideales, las prohibiciones, nuestros sueños, lapsus, y miedos.

Una característica propia del mundo psíquico es el no tener plena conciencia de él. Esto no quiere decir que no experimentemos deseos, o no sintamos emociones, pero sí que a veces desconocemos qué los ha motivado, de donde vienen.

Esto es especialmente evidente cuando se siente miedo o angustia exagerados, no justificables, o cualquier sentimiento de displacer o malestar del que no se conoce el motivo y que provoca a menudo la afirmación: “no se que me pasa”.

De esto daba cuenta S. Freud al referirse a las tres grandes heridas narcisistas de la humanidad - heridas en nuestro amor propio, como especie
-. La primera fue descubrir con Copérnico que la Tierra no era el centro del universo. Recordemos las teorías que hasta el siglo XVI afirmaban que el sol giraba alrededor de la Tierra

-. La segunda herida la afligió Darwin al demostrar que el hombre estaba emparentado con los simios.

.- La tercera gran decepción de la humanidad, sobre la que Freud atrajo específicamente la atención, fue descubrir que en el fondo no somos dueños de nuestros actos, que hay una parte de nosotros mismos que desconocemos.

Así, nuestras emociones nos llevan desde y hasta lo inconsciente que habita en nosotros. No tener conciencia plena de algunas situaciones o elementos de nuestra vida tiene una función: ayudar a conseguir una existencia mejor, más libre de sufrimiento, evitando el conflicto.

Es una defensa de nuestro aparato psíquico. No obstante, no siempre se consigue dicho objetivo, y entonces ese conflicto que se intenta acallar se abre paso en forma de síntoma.

Por tanto, el síntoma emocional – el sufrimiento psíquico de una persona, que puede tomar diversas formas, como angustia, insatisfacción, miedos, etc.

Es la expresión de un conflicto. Su gran fuerza surge de su doble cara: por un lado, es metafórico, es decir, representa en sí mismo el conflicto, lo significa; por otro, encierra también, de forma paradójica y por tanto compatible con el sufrimiento, una satisfacción inconsciente.

El significado de un síntoma y la satisfacción que paradójicamente produce son los elementos esenciales que deben ponerse al descubierto en un tratamiento.

Pero todavía hay algo importante a pensar en relación al significado de un síntoma, algo que lo hace intransferible por mucho que pueda ser en apariencia similar al síntoma de otra persona: su vinculación con la historia personal.

El valor de la historia personal no es tan sólo el de la hilación de una serie de acontecimientos, tanto positivos como negativos, de la vida. Es sobretodo la manera en que se han inscrito dichos acontecimientos para cada persona, el significado subjetivo que han asumido.

La base para esta inscripción la proporciona el legado familiar, una herencia simbólica que, al igual que la herencia genética, se transmite de padres a hijos a través de las generaciones.


3. El legado familiar:                                                                                          up
Toda persona al nacer viene a ocupar un lugar de deseo para sus padres. Ocupar un lugar de deseo para los padres significa que, incluso mucho antes de nacer, el bebé viene investido por un nombre, unos atributos, unos ideales,... que los padres le otorgan y que están relacionados con su propia historia, como pareja y como individuos.

Esta historia es transgeneracional, es decir que tiene que ver al mismo tiempo con la historia de los padres, de los padres de los padres y de éstos con los suyos y así sucesivamente.

El sujeto se reconoce así como producto de una cadena y en consecuencia lleva consigo la clave de los elementos que se van a transmitir, muchos de ellos de forma inconsciente.

Por tanto, a pesar de encontrar paralelismos o similitudes entre dos individuos la historia de cada sujeto los hace absolutamente distintos.

La expresión “cada persona es un mundo” alude justamente a esta herencia personal. Los padres desean cosas para sus hijos y proyectan en ellos sus aspiraciones y sus anhelos, sus miedos y sus carencias: “será una gran persona”; “podrá hacer lo que a mi me ha sido imposible”; “tendrá mejores oportunidades”....

Es bajo estos augurios que el bebé se presenta y ocupa su lugar, identificándose a estos valores y a estos deseos que en un principio son los de sus padres.

Después se demostrará si realmente estos ideales serán lo mejor para ese hijo o por el contrario van a suponer una carga excesiva que le impida poder escoger y actuar por su cuenta, libremente.

El recién nacido tiene poco que decir cuando todavía no puede hablar. Sin embargo, el lenguaje o los intentos para comunicarse aparecen ya tempranamente.

Llantos, gritos, murmullos, muecas, etc. ya son interpretables a corta edad, tienen un significado de lenguaje siempre que alguien pueda hacer esta lectura.

Esta es la primera gran función de los padres o de las personas que atienden al niño en general, interpretar aquello que el niño pueda querer decir, o sea, dar un significado a aquello que le ocurre.

Evidentemente los padres no siempre aciertan en sus interpretaciones pero esa no es la cuestión fundamental. La cuestión es poder dar al niño la oportunidad de incluirse en el mundo como sujeto.

Una de las condiciones primordiales para el devenir sujeto es posibilitar precisamente la subjetividad.

Normalmente las madres pueden reconocer precozmente si por ejemplo un llanto responde a exigencias de hambre o de sueño. También pueden interpretar algunas primeras expresiones o comportamientos de queja, de rechazo o de malestar.

Si bien es cierto que el niño llora cuando tiene hambre también lo hace cuando está inquieto o cuando reclama la presencia de la madre. No obstante hay quién tiene más dificultad para pensar en todas esas posibilidades o responde a ello siempre de una misma manera.

Fácilmente puede utilizarse la comida, por ejemplo, como una manera recurrente de aliviar cualquier queja cuando en realidad el bebé puede estar reclamando otro tipo de atención.

Es en estas circunstancias que precozmente pueden aparecer los primeros trastornos de la alimentación, siguiendo con el ejemplo de la comida. Vómitos, regurgitaciones, negativas a comer, etc. son algunas de las manifestaciones que se observan más a menudo.

Es tarea de la persona que cuida el bebé poder introducir estos matices a los que se accede sólo por el lenguaje y la función simbólica.

Por tanto, no hay que responder siempre de forma plana a los cuidados físicos del bebé, hay que tener en cuenta que además de las necesidades orgánicas el niño tiene igualmente necesidades emocionales y afectivas.

Al ocuparnos de ellas es cuando realmente sentamos las bases de su incorporación en el mundo como ser humano.

No atender las necesidades psíquicas del bebé comporta consecuencias físicas como se ha visto a través del ejemplo. Esto nos demuestra precisamente que algo de la subjetividad del niño se pone ya de manifiesto a corta edad.

El niño, al dejar de comer, da un “no” por respuesta, parece querer decir “no es eso lo que pido, se trata de otra cosa”. Más allá de las necesidades fisiológicas que la madre atiende con su cuidado el niño es capaz de introducir algo más, dar a entender qué quiere y poco a poco irá decidiendo cómo se ajusta a ese lugar que le ha sido asignado.

Al hablar del niño nos damos cuenta de cómo se instala la subjetividad en el ser humano, algo que se construye en relación a los demás y no como algo determinado necesariamente por la especie.

Así, aplicado al terreno de la persona que padece hemofilia, más allá del lugar que le es asignado por el entorno familiar, y más allá aún de lo que parece estar determinado genéticamente

“si se da golpes tendrá hemorragias”, “padecerá de las articulaciones” - la persona hemofílica también tiene la posibilidad de escoger qué tipo de sujeto quiere ser.

Dicho de otro modo, puede decidir con qué y a qué se va a sujetar; si a la hemofilia como el centro de su existencia, o a otros aspectos de su vida entre los cuales la hemofilia será uno más.

4. Hemofilia y trastornos psicológicos:                                                            up
¿La enfermedad crónica en general, y la hemofilia en particular, hacen más susceptible a la persona afectada a sufrir más trastornos psicológicos que otra persona? Ni la hemofilia ni ninguna otra enfermedad, condicionan necesariamente padecer un malestar anímico o experimentar trastornos de tipo psicológico.

Un desorden psicológico no depende necesariamente de un desorden físico, de una dolencia o de un déficit en la coagulación; ni de la gravedad de éste ni del grado de invalidez que pueda llegar a suponer.

Todos conocemos personas que sin estar enfermas se encuentran anímicamente deprimidas o angustiadas, que se ahogan fácilmente en un vaso de agua; o al revés, también conocemos personas para las cuales el estado de enfermedad no ha hecho disminuir su humor, sus ganas de compartir, su dinamismo o no las ha privado de disfrutar de sus relaciones personales; parece que pueden manejarse mejor ante las adversidades que les depara la vida.

Quién más quién menos, ha sido igualmente testigo de personas que en circunstancias especialmente dolorosas, han sido capaces de reaccionar o de hacerles frente con una fuerza y un coraje dignos de admiración, algo incomprensible desde el punto de vista de quién no se encuentra en aquella situación. Todo ello nos hace pensar que, efectivamente, ni la hemofilia ni las adversidades son determinantes.

Lo que sí determina el grado de sufrimiento psicológico es cómo cada persona reacciona ante lo que le es propio. La hemofilia puede ser vivida de muy diversas maneras, tantas maneras como personas hay que la padecen.

Cada persona encuentra su fórmula particular de ubicarla en su vida y de darle un sentido a pesar del carácter genético-hereditario que la define.

Para algunas personas la condición de “enferma” no supone renunciar a sus ideales y por tanto orientan sus vidas hacia el encuentro de ocasiones de superación donde realmente se ven realizados sus proyectos.

Otras, en cambio, que consideran la hemofilia su primer revés, hacen del infortunio su razón de ser y acaban dirigiendo su vida, sin apenas darse cuenta, hacia situaciones de desgracia, de malestar, de desolación y de mayor sufrimiento si cabe.

Estas son dos posiciones extremas que ejemplifican modos de actuar y de sentir bien distintos.

La primera posición, la más saludable de las dos sin duda, permite aceptar la falta sin necesidad de negarla. La persona busca y encuentra salidas a su situación; puede suplir la falta por alternativas igualmente satisfactorias.

Por ejemplo se permite construir una afirmación como la siguiente “si no puedo ejercer de albañil, me dedicaré a la mecánica” encontrando además lo que de positivo le aporta esta nueva situación:
continuar construyendo aunque sea otro tipo de cosas, recuperar tal vez viejas aficiones, someterse a un menor esfuerzo físico y menor riesgo hemorrágico, etc.

Instalarse en la queja permanente acerca de lo que se carece o no se puede hacer imposibilita tomar decisiones y buscar alternativas. Quizá sea este el motivo por el cual algunas personas prefieren mantenerse en este lugar.

Si bien la búsqueda de soluciones es la alternativa por excelencia a cualquier circunstancia de la vida, no se debe confundir con el hacer ver que no ocurre nada, que la hemofilia no existe, como solución para afrontar la enfermedad.

Eso conlleva actuar como si tal cosa. Se trata de otra forma de proceder perjudicial tanto física como anímicamente que niega la existencia de cualquier tipo de limitación.

Hay que poder diferenciar un mecanismo defensivo de un aprendizaje propiamente dicho.

Cuando el niño, más allá de los límites que imponen sus padres ante el riesgo a lastimarse, explora su entorno y sus capacidades físicas, es bueno que pueda ponerse a prueba para conocerse mejor y conocer los efectos en el cuerpo de su hemofilia tanto como le sea posible, hasta que la falta se manifieste.

Este va a ser su límite particular, propio, siempre distinto al de otro. Lo que para uno es perjudicial, para otro no tiene apenas consecuencias. Incluso lo que hoy puede lastimar, puede que en otras circunstancias no.

Este aprendizaje basado en la experiencia se entiende como algo natural y necesario en esta fase exploratoria de la vida u en otras donde el conocimiento sea el objeto de esta forma de actuar, un bagaje esencial que le acompañará en la vida adulta.

Esta posición permite justamente tomar contacto con la realidad, ajustarse a lo que uno puede o no puede y a ubicarse en un contorno propio e intransferible.

Sin embargo, cuando este proceder no forma parte de un conocimiento personal sino que se constituye como una manera de ajustar la realidad a uno mismo y no al revés, entonces hablamos de una forma especial de contacto con la realidad muy distinta a la anterior que lleva a afirmar que: “no estoy enfermo”; “por una vez no va a pasar nada”; “puedo hacer cualquier cosa que se me antoje”.

Lejos de una actitud de superación nos encontramos ante una actitud de negación de la evidencia y eso va en detrimento del propio afectado, a puesto que se franquean los límites de lo posible con el correspondiente desajuste afectivo que eso le conllevará tarde o temprano.

¿Qué hace que algunas personas se posicionen en un sentido y no en otro? ¿Existen factores que empujen hacia un lado o hacia el otro? ¿Qué lleva a tomar una decisión y no la contraria?. Esta es la cuestión.

No podemos hablar de condicionantes ni de factores únicos ni de factores mejores a la hora de explicar como abordar una enfermedad crónica, sea cual sea ésta.

Tampoco hay fórmulas mágicas que cambien radicalmente el sentido y la orientación de la vida. Lo que sí tiene absoluta importancia es:

1.- qué lugar viene a ocupar la enfermedad en el seno de una familia; qué status se le da, qué viene a representar para el funcionamiento familiar.

2.- qué posición toma la persona afectada ante el lugar que le es asignado por el entorno familiar; qué escoge el sujeto para sí mismo.

4.1 El lugar que ocupa la hemofilia en la familia

Las reacciones de una familia que recibe el diagnóstico precoz de una enfermedad desconocida, más o menos grave, crónica, de origen genético-hereditario, de escasa incidencia, como la hemofilia, pueden ser múltiples.

Al principio con frecuencia, suele tratarse de reacciones relacionadas con la incredulidad, la pena, la desolación, la tristeza, la rabia,... Los padres no ven cumplidos sus ideales en ese hijo “enfermo”, aquellos que habían construido como pareja antes del nacimiento de su bebé.

No es así como le habían concebido, cómo habían pensado sus atributos, su imagen, como inventaban su presente y su futuro y por tanto sus expectativas se ven truncadas.

Estos sentimientos iniciales no tienen porque persistir ni mantenerse con la misma intensidad que al principio.

Ante una reacción inicial lógica cabe esperar que con el tiempo ésta vaya madurando hacia sentimientos más tolerables y más transigentes, que posibiliten construir nuevos proyectos, nuevas ilusiones, nuevas expectativas para todos.

El niño va a tener así la oportunidad de constituirse como sujeto deseado y como sujeto sostenido; sostenido por el deseo de sus padres.

No obstante, si éstos sentimientos permanecen a lo largo del tiempo, darán cuenta del malestar que aquella situación supuso en el núcleo familiar; de algo que ha permanecido intacto, enquistado y ha constituido un nudo neurálgico a partir del cual se han organizado sin duda los vínculos familiares de forma particular.

Dicho de otra manera, la dificultad de unos padres ante el manejo de sus frustraciones influye, a menudo sin tener conciencia de ello, sobre la ubicación de la enfermedad y la del hijo enfermo. Encontramos así varios ejemplos ilustrativos de situaciones habituales de este tipo:

a.- En el lugar de impedimento, de lamento, como algo que frustra siempre cualquier iniciativa, cualquier ilusión o proyecto de futuro. Posición que evoca siempre sentimientos de pérdida irreparable, de pena y de tristeza como si de una situación de duelo se tratara y que fácilmente lleva a responsabilizar al niño de algo sobre lo que éste no tiene poder decisorio ninguno.

b.- En el lugar de tapadera, como algo que oculta dificultades afectivas familiares que no pueden ser dichas, ni tan siquiera reconocidas o pensadas. A veces el niño se convierte en niño-síntoma para el grupo familiar.

A través de su enfermedad, de su evolución, gravedad o apariencia se muestra o se oculta algo que pertenece al malestar colectivo o de la pareja. La familia puede manifestar a través de ello afectos que le es imposible expresar en primera persona.

Así a veces algunas expresiones acerca de lo físico tienen una doble lectura en lo psicológico. El dolor puede referirse tanto a una hemartrosis de rodilla como a una emoción dañina; una caída, además de suponer un hecho traumático accidental también puede significar perder el lugar ideal para alguien.

Otros términos habituales en el vocabulario del hemofílico pueden esconder ese doble mensaje metafórico: traumatismo, defensas, herida...

Es curioso observar que muchas veces, cuando los afectos pueden manifestarse sin utilizar el cuerpo del niño, éste mejora su estado general.

c.- En el lugar de objeto de goce para la madre. La preocupación por un hijo enfermo normalmente empuja a la madre, quizás con mayor frecuencia que al padre por ser la persona que más se ocupa del cuidado del bebé, a una atención especial, sobredimensionada a veces, que puede llevar a la exclusión del padre en las funciones que le son propias; estas son, las de poner una prudente y necesaria distancia entre madre e hijo para garantizar el espacio vital reservado a cada uno de ellos.

De no ser así, el niño podría quedar excesivamente expuesto a la vorágine materna, como ocurre a veces cuando la figura paterna queda relegada y no es reconocida su autoridad moral, o cuando ambos (padre y madre) entienden ese hijo como algo concerniente sólo a ella.

d.- En el lugar de cuerpo físico simplemente, sobre el cual hay que operar, en el que hay que intervenir, un cuerpo carente de necesidades afectivas.

Los casos más graves de hemofilia, en los que la urgencia, el temor por la vida, las intervenciones, los ingresos, los tratamientos dejan expuesto el cuerpo del paciente a múltiples manipulaciones impiden en ocasiones reconocer en ese cuerpo a un ser con deseos.

La imposibilidad para escuchar a quién padece, deja al enfermo sin medios para tomar parte activa, para poder prepararse, anticiparse o simbolizar dichos actos, a veces inevitables cuando se trata de situaciones extremas.

4.2 La posición subjetiva ante la enfermedad

No cabe duda que, más allá de lo que lo orgánico parece determinar, existe la posibilidad de que todo sujeto pueda hacer su propia elección, su particular apuesta por la vida.


Si para algunos la condición de enfermedad les deja postrados en una posición de dependencia psicológica, de queja reiterada por la carencia, por la falta (falta de un factor coagulante, falta de salud, falta de sangre, falta de atención,…) para otros constituye un reto vital, una lucha por el logro, por la consecución, por la incorporación de nuevos hitos (estudios, trabajo, familia, proyectos,…) con la vista puesta en un futuro mejor.

¿Qué distingue estos dos enfoques? Hay actitudes clave que se ponen en juego.

Fundamentalmente podríamos citar la capacidad para conectar con los propios sentimientos, la tolerancia a la frustración, el lugar donde se ubica la causa de los problemas, la diferente actitud tomada ante las dificultades y la calidad de las soluciones encontradas, la confianza ante las propias capacidades, la indulgencia ante los sentimientos de culpa, la facilidad para ponerse en el lugar del otro,…

A continuación abordamos con más profundidad algunas de estas actitudes, aquellas que pueden ser de mayor interés.

a.- Capacidad para conectar con las propias emociones. Es de vital importancia conocer e identificar no sólo como uno se siente ante determinadas situaciones sino también por qué uno se siente de tal o de cual modo.

Ante un conflicto el aparato psíquico se defiende haciendo inconsciente la situación intolerable. No obstante, los sentimientos que la acompañaban quedan libres, sin soporte, desvinculados del conflicto que los ocasionó.

Se manifiestan entonces como depresión, angustia, malestar, provocando extrañeza, pues ya no resulta fácil acertar sobre las causas que los han originado. En la misma línea estaría sentir una preocupación desmesurada por algo sin tanta importancia.

b.- Capacidad para tolerar la frustración. No disponer de todo lo que uno desea genera sentimientos de frustración. La frustración es un afecto inherente a la condición humana, puesto que efectivamente, no todo está permitido y no todo es posible.

Una enfermedad como la hemofilia, moviliza habitualmente este tipo de sentimiento. A pesar de ello, el estado de salud tampoco ofrece a las personas tenerlo todo; siempre hay un límite infranqueable, una ley reguladora del exceso que sitúa a toda persona carente de algo.

En clave psicoanalítica es justamente la posición del sujeto ante ese punto fundamental lo que vendrá a definir su estado de salud psíquica.

Es preciso que la ansiedad que genera la frustración sea debidamente tolerada. Hay que poder soportar ciertas dosis de malestar antes que responder con actuaciones o conductas que, como actos que son, no han sido metaforizados.

Cuando hay poca tolerancia a la frustración la persona tiende a consolarse con comportamientos que permiten descargar su malestar de forma inmediata aunque no definitiva, ya que el simple hecho de realizarlos no supone la resolución del conflicto sino tan sólo la descarga momentánea del malestar que genera.

Las conductas adictivas y los actos compulsivos de todo tipo son buena muestra de ello.

c.- Ubicación de la fuente de problemas. A menudo resulta difícil saber exactamente por qué ocurren las cosas. Encontrarnos en situaciones de conflicto repetidas veces, como si se tratara una y otra vez de lo mismo, nos despierta cierta extrañeza, pero no siempre demasiada curiosidad.

Fácilmente podemos pensar que son los demás los causantes de nuestras desgracias o que las circunstancias nos han sido adversas. Argumentos como “quieren aprovecharse”, “me tienen envidia”, o “por culpa del tiempo”, “la mala suerte”, “el destino”, reproducen algunas de las expresiones habituales.

Un poco más difícil es pensar que la causa de los propios problemas sea uno mismo, cuanto menos, algo se tiene que ver con ellos si se manifiestan siempre allí donde uno va. Admitir ser la causa del propio malestar es doloroso y responsabilizarse de ello más doloroso todavía.

A pesar de todo, el alivio sólo llega de la mano del ser consciente de ello y del esfuerzo y del compromiso por modificar algo, para afrontar activamente la resolución del conflicto.

d.- Actitud tomada ante los problemas y calidad de las soluciones encontradas. No siempre ser consciente de los propios problemas y situarse como causante de ellos implica ponerse en marcha.

El esfuerzo que supone hacerse cargo de uno mismo hace que en muchas ocasiones se hagan intentos vagos, tímidos y en realidad poco eficaces sobre los pasos a seguir.

Contentarse con medias soluciones, soluciones de compromiso o con aplazamientos no hace más que retardar respuestas o dar respuestas poco o nada resolutivas. “Quizás”, “puede”, “a lo mejor”, “ya veremos”… son expresiones que ejemplifican ese modo de enfocar las dificultades.

También en esta línea se encuentra el pedir ayuda para después desecharla porque a la hora de la verdad no se puede aceptar ninguna sugerencia que obligue a pensar algún cambio.

La respuesta adecuada se perfila como aquella que mejor se ajusta a la realidad, que incluye la valoración de los pros y los contras de una situación determinada, que lleva implícita una apuesta –el riesgo a equivocarse- así como la posibilidad de enmendar o corregir si es necesario. No hay soluciones mágicas posibles, ni milagros ni golpes de suerte en este terreno.

e.- Confianza en las propias capacidades. Hay personas que no se sienten con la confianza suficiente para poder resolver activamente y de forma eficaz un conflicto, el suyo.

Los problemas le abruman en exceso o simplemente se maneja mal con sus afectos y su malestar. Es síntoma de alarma la desconfianza de uno mismo sobre sus cualidades buenas si predominan sentimientos de denigración, de empobrecimiento o de debilidad.

Expresiones como “no puedo”, “no sé”, “es imposible”, dan cuenta de esa posición subjetiva que difícilmente encuentra salida en sí misma.

Pedir ayuda a otros sería en este caso utilizar una capacidad más de las que dispone cualquier persona, ya que supone el reconocimiento de una necesidad.

Por el contrario, a veces hay una sobrevaloración, para nada ajustada a la capacidad real de un sujeto. Eso también trae sus consecuencias.

Cuanto más exagerada es la percepción sobre la capacidad de ejecución tanto mayor será el desajuste con la realidad y en consecuencia el desajuste con la experiencia emocional.


5. Algunos mecanismos de defensa ante la enfermedad:                               up
¿Qué entendemos por mecanismo psicológico de defensa? Como indica el término, defensa hace alusión a la protección que cualquiera toma ante un peligro que le acecha.

¿Pero de qué peligro hablamos y a quién amenaza? Si se trata de un mecanismo psicológico, entonces entendemos que se refiere a una construcción de nuestro aparato psíquico; una construcción erigida para defendernos no de algo proveniente del exterior sino de nuestro propio inconsciente, de aquello que se quiere reprimir y que a veces, por el mismo fracaso de la defensa, aflora en nuestra conciencia sin pedir permiso.

Así, la defensa es defensa de algo que proviene de nuestro mundo interno, algo que nos amenaza, que amenaza nuestra parte consciente. Habitualmente las defensas soportan bien la presión interna a la que se ven sujetas aunque a veces la defensa puede resquebrajarse y dejar entrever parte de lo reprimido.

Por ser reprimido no se reconoce su naturaleza ya que aparece siempre como algo enigmático, algo que no se sabe muy bien cómo abordar: un sueño inquietante, una idea absurda, un lapsus, un olvido...

Si la presión psíquica no es excesiva o la defensa está bien construida, nuestra vida discurre sin demasiados estragos. Aun así, cuando el sistema defensivo es excesivamente rígido también da cuenta de cierta vulnerabilidad psíquica.

Existen muchos tipos distintos de mecanismos psicológicos defensivos. Aquí abordaremos sólo algunos de ellos.

5.1 La somatización: cuerpo, síntomas y emociones

La somatización es un mecanismo de defensa muy frecuente. Es el mecanismo por el cual el malestar anímico se deriva hacia un malestar corporal.

Es difícil a veces discernir entre un malestar propiamente orgánico de otro que ha sido derivado a lo orgánico desde lo psíquico; más aún entre personas para las cuales el dolor pueda ser una sensación habitual.

Es importante ser capaces de expresar los sentimientos o las emociones. Pero tanto o más importante que expresarlas se trata de que se puedan relacionar con el propio malestar psíquico o sufrimiento mental.

Existen muchos tipos de emociones y sentimientos que todos hemos experimentado en algún que otro momento de la vida: la rabia, la envidia, los celos, la revancha, el odio, la tristeza, el desánimo, la frustración, la alegría, la euforia, la angustia, la culpa, etc. son una pequeña muestra.

Hay personas que tienen poca conciencia de sus emociones, o puede que no sean capaces de precisar demasiados detalles o las particularidades o las circunstancias que las han inducido. Estas son carencias que hay que poder trabajar.

A veces todo queda confuso bajo la apariencia de un malestar generalizado, sin estar situado en ningún estado anímico concreto, ni tan siquiera respecto a una circunstancia determinada. Algunas personas manifiestan este estado de confusión con la expresión “no sé que me pasa”.

Pero, ¿por qué es tan importante que los sentimientos se puedan expresar, identificar y hacer conscientes?. Expresar emociones no significa escenificar abiertamente aquello que afecta, sino que se refiere a un saber sobre uno mismo. Significa, de alguna manera, poder identificar qué ocurre y con respecto a qué.

De no ser así, las emociones pueden jugarnos una trastada, traicionarnos. Puede ocurrir que alguien no pueda manifestar aquello que siente, o lo manifieste desproporcionadamente o con reacciones contrarias a las que cabría esperar en una situación determinada.

Normalmente, cuando los sentimientos, los pensamientos o los deseos son más dolorosos, intensos o indeseables de lo que se cree soportable o justificable, el aparato psíquico se dispone a hacer todo lo posible para paliar el malestar que éstos generan al estado consciente.

Se las ingenia, por ejemplo, para disimular lo que parece demasiado intenso, para ocultar lo que desagrada, para olvidar incluso los motivos o la causa del malestar; es decir que, ante el malestar, el aparato psíquico se activa con el objeto de disminuir el dolor anímico.

¿Cómo lo hace? Tan simple y tan complejo como convirtiendo lo que es consciente en algo inconsciente. Aparentemente parece que si el malestar se mantiene inconsciente sea menos angustiante; pero eso no es totalmente cierto y veremos por qué.

Cuando los sentimientos o los afectos no se evalúan, no se reconocen o se ignoran los motivos, entonces buscan maneras alternativas de manifestarse, distintas a las del reconocimiento; las propiamente denominadas vías del inconsciente.

Este salto se produce inconscientemente, es decir que el propio sujeto desconoce la vía alternativa que estas emociones han escogido para darse salida. Una de ellas es la somatización.

En la somatización el aparato psíquico se sirve de lo físico en su propósito de mantener alejado el dolor anímico. El aparato psíquico se fija en algún punto del cuerpo de especial vulnerabilidad para el sujeto y allí se muestra sintomáticamente. ¿Qué consigue con ello?

Consigue precisamente esconder tanto como le es posible un dolor anímico transformándolo en un dolor en el cuerpo. Sin tener conciencia de ello, el cuerpo se convierte en un terreno óptimo de queja sobre el malestar.

Óptimo en cuanto a que la queja en el cuerpo queda desvinculada de la queja anímica y la persona afectada queda liberada de abordar su conflicto.

La queja sobre el malestar psíquico se convierte así en queja de un malestar físico, mucho más fácil de soportar ya que el conflicto psíquico, mucho más doloroso, sin duda, no queda cuestionado.

Todos podemos reconocer en una úlcera o un dolor de cabeza, por ejemplo, algunas muestras de ello. Nadie duda del carácter psicológico que tienen estas manifestaciones somáticas.

Otros muchos síntomas corporales que no quedan orgánicamente explicados o algunos síntomas hemofílicos entrarían igualmente dentro de esta forma de proceder.

Esto hace que a veces no encontremos en la medicina la respuesta a nuestros males ya que buscamos justamente en el terreno de lo orgánico aquello que es de orden psíquico o bien insistimos en tratar el malestar anímico de la misma manera que tratamos el malestar físico. Siendo como son de naturalezas distintas necesitan un trato diferente.

5.2 La negación
Hemos visto como los mecanismos de defensa se construyen para obstaculizar el paso a lo consciente de aquello que se ha reprimido y que forma parte de lo que viene a constituir el inconsciente.

Se reprime justo aquello que en el campo de la conciencia se percibe como excesivamente doloroso. A veces lo inconsciente sale a luz, pero raras veces podemos entender esa muestra como una manifestación del inconsciente puesto que sus apariciones son siempre deformadas, disfrazadas, difíciles de asociar con la representación reprimida inicial. Los sueños son una viva imagen plástica de ello.

Así, en el caso de la negación el contenido inconsciente se manifiesta sólo si es negado. Por ejemplo la expresión “no crea usted que odio a mi hermano” o “no es mi madre quién me persigue en el sueño” muestran cómo y con qué se construye este tipo de defensa.

Sólo puede decirse lo disimulado por un “no”. Así lo que es negado hay que entenderlo como todo lo contrario: “odio a mi hermano” o “mi madre me persigue”.

Como vemos, la negación es un mecanismo distinto al de la ocultación. Ocultar es un acto voluntario sobre el cual el sujeto tiene plena conciencia. Tampoco se debe confundir con decir “no”. Nos referimos a la negación sólo al hablar del contenido inconsciente.

¿Por qué es importante hablar de la negación? ¿Se trata de un mecanismo defensivo habitual en las personas con hemofilia?

Como hemos visto los mecanismos de defensa no reconocen enfermedades ni factores ambientales sino que son construcciones psíquicas que permiten tolerar mejor, a veces más a veces menos, contenidos inconscientes desagradables.

Siguiendo con los ejemplos anteriores no es muy agradable reconocer sentimientos hostiles hacia un hermano o sentirse perseguido por la madre.

La negación por tanto no tiene que ver con la enfermedad sino con el proceder psíquico y eso es común a todo el mundo. Si viene incluido este mecanismo defensivo en este apartado es justamente por su frecuencia.

5.3 La proyección
La proyección es un mecanismo psicológico de defensa por el cual, como si de un proceso de expulsión se tratara, una persona arroja fuera de sí misma aquellas partes de su ser que le son intolerables siendo otra quién pasa a encarnar esa parte repudiada.

Así por ejemplo cuando no se puede tolerar odiar al padre, la construcción se convierte en “es él quién me odia a mí”. No se trata de no querer saber lo que uno repudia sino de no querer sentirse identificado con ello, algo que compromete mucho más la existencia.

En términos comunes es como hablar en boca de otro; el otro puede decir aquello de lo que uno no se ve capaz y con lo que no quiere parecerse en absoluto.

Aplicado al caso de la hemofilia encontramos distintas situaciones en los que este mecanismo se pone de manifiesto.

La proyección es difícil de reconocer como una construcción
propia, por tanto el sujeto debe trabajar a fondo para entender que lo que le retorna del otro, parte en realidad de si mismo.

En personas enfermas es fácil detectar la proyección cuando al preguntar por sul sufrimiento el paciente alude al sufrimiento de quién tiene al lado. Es como “hacerse el sueco” por lo que respecta a sus emociones.

Si bien es cierto que quién acompaña al enfermo sufre por lo que le ocurre eso no significa que cada cual pueda pensar en lo suyo, en sus propios sufrimientos, en sus sensaciones.

6. Vicisitudes de la demanda psicológica:                                                        up
Así pues, mientras nuestro aparato psíquico trabaja con el objetivo de mantener un equilibrio libre de conflicto, las representaciones y emociones luchan por abrirse camino hacia lo consciente.

Esto siempre sucede así, y de hecho, lo que intentamos reprimir se muestra finalmente puesto que es su meta encontrar una vía de expresión. Ya hemos visto que estas vías de expresión pueden ser y son diferentes, más o menos disfrazadas, más o menos conflictivas.

En ocasiones la vía de expresión no ocasiona tensiones, se trata de la sublimación, pero en otras provocará sufrimiento, y entonces hablaremos de síntoma. Que se de una u otra situación dependerá de distintos elementos en juego pero los más determinantes son aquellos vinculados a la historia personal.

Cuando aparece un síntoma en la vida de una persona, esta puede reaccionar de diversas maneras y pasar por diferentes momentos.

En general suele resultar difícil reconocer el malestar y se le quiere acallar o negar en un intento desesperado de que desaparezca. Admitir su existencia significa dar un paso adelante aunque sea para decir en un principio “no se que me pasa”.

Otro momento crucial es reconocer que este malestar, bajo cualquiera de sus posibles formas de expresión, está íntimamente ligado a uno mismo. Al principio el síntoma es vivido como algo extraño, se podría decir que extranjero a uno.

No se entiende, no se sabe de donde procede ni mucho menos que pueda significar algo. Se vive como una imposición, y en consecuencia, se desea que desaparezca con la mayor facilidad y rapidez posible, extirparlo si se pudiera.

Esto puede llevar a la persona a dar algunos pasos en esta dirección, animada por la fantasía de poder hacer desaparecer rápidamente, mágicamente, el malestar.

Sólo la sinceridad con uno mismo, reconociendo el malestar emocional como un producto propio, permitirá un primer cambio de posición subjetiva que coloque a la persona frente al síntoma como un “digno adversario”, haciéndonos eco de las palabras de Freud.

Es entonces cuando realmente se puede luchar contra el malestar con posibilidades reales de vencerlo, a partir de descifrar el lado metafórico del síntoma, es decir, entender su significado, y aceptar también la satisfacción que comporta, aún con el sufrimiento.

Pero será, sobre todo, ese reconocimiento subjetivo lo que permitirá a la persona abandonar la idea de una desaparición mágica del síntoma y orientarse ahora en la búsqueda de soluciones eficaces.

Por tanto, no es quien está peor quien consulta al psicólogo. Acude precisamente aquel que reconoce un malestar anímico y orienta su resolución a quien mejor lo puede ayudar.

Es un acto de madurez psíquica, que implica identificar y reconocer la naturaleza psicológica del problema, reconocer las propias limitaciones sin excusarse en ellas, orientándose a la búsqueda de soluciones efectivas.

Es fácil que una situación se vaya repitiendo en la vida, puesto que la repetición es inherente al síntoma ya que por definición una representación reprimida se abre paso a cualquier precio continuamente.

Así, una persona se puede encontrar por ejemplo con que siempre pierde las amistades, o que siempre tiene problemas con sus parejas, a pesar de esperar, conscientemente, otro escenario. Fácilmente surge la pregunta “¿por qué siempre me ocurre lo mismo?”.

Casi con total seguridad esta pregunta expresa al principio una queja. Una queja en relación a situaciones que la persona entiende en este momento como externas a ella misma, y de las que se considera víctima.

Cuando la pregunta deja de ser sólo una queja para pasar a ser realmente una interrogación, incluyendo la posibilidad de que eso que le sucede tiene que ver consigo mismo, es cuando se abre una posibilidad real de cambio.

Este descubrimiento provocará distintas reacciones: sorpresa, compresión, incredulidad, dolor, curiosidad, miedo, rechazo, interés. El peso específico de estos elementos será importante a la hora de que el sujeto tome posición ante el tratamiento.

Si la persona es capaz de depositar su confianza en el profesional y en la terapia, y si el deseo de conocer supera al miedo y al dolor, la persona estará en posición de ponerse a trabajar y el tratamiento tendrá posibilidad de ser.

La auténtica demanda psicológica es pues una interrogación sincera y valiente, un cuestionamiento sobre uno mismo en relación al síntoma y más allá de él. Un cuestionamiento – ya no una pregunta sobre soluciones fáciles, ya no una queja - que se dirige a otro, el psicólogo, para acabar revertiendo sobre uno mismo.

Siendo como son los síntomas manifestaciones de lo inconsciente, la pregunta que surge ahora es cómo poder, en el trabajo terapéutico, acceder a lo inconsciente para descifrar el significado del síntoma y desvelar la satisfacción que implica. Será a través de las palabras, del lenguaje.

El lenguaje hace único al ser humano. Le ha permitido acceder al pensamiento, al mundo simbólico. Cada palabra es, en consecuencia, representante de este mundo simbólico.

Ferdinand de Saussure, que impartió una serie de seminarios al inicio del siglo XX, seminarios que conformaron después el libro “Curso de lingüística general”, acuñó el termino de “significante”.

Las palabras son significantes y esta es su fuerza. Como significantes son capaces de concentrar en sí mismas diversos significados, tanto los propios del consenso lingüístico como los individuales de cada persona, y de producir cadenas asociativas.

De estas se sirven las representaciones inconscientes para franquear la represión. En el trabajo terapéutico, las cadenas asociativas prestarán esta misma utilidad.

Lo más interesante es que son específicas para cada persona y en absoluto arbitrarias pues están totalmente vinculadas a la historia personal y al legado familiar. Es sobre todo ello que se centrará el trabajo terapéutico.

7. Decisiones inconscientes:                                                                             up
El presente capítulo nos ha hecho dar cuenta, una vez más, de lo muy compleja que es la naturaleza humana. Sabemos por un lado que el hombre se compone de un cuerpo, algo que es físico, palpable, directamente observable; y por el otro de un psiquismo, algo inmaterial pero igualmente operante.

Del mismo modo que el organismo tiene un lado externo y otro interno (la anatomía se ha ocupado a lo largo de los siglos de descubrir, no sin dificultades, lo que permanecía oculto a la vista), el psiquismo humano tiene asimismo dos vertientes, una visible y otra invisible.

La una, la conciencia y la otra, el inconsciente. De la conciencia parten nuestros pensamientos, nuestra lógica, nuestras decisiones,… todo aquello de lo que hablamos abiertamente y compartimos con quienes nos rodean y que se ajusta a lo que es la realidad observable.

Del inconsciente en cambio parten sobretodo nuestros deseos más desconocidos, aquellos de los que no podemos dar razón. Ambas partes operan distintamente, cada una desde el principio que las rige, el principio de realidad la primera y el principio de placer la segunda.

La una y la otra forcejean hacia lados opuestos siendo la mayoría de veces la razón, la conciencia o la lógica la que finalmente acaba imponiéndose sobre la otra. Para ilustrar esta idea pondremos un ejemplo.

Supongamos desear comer un pastel. El principio de placer invita a degustar esta sabrosa comida tanto como sea posible, incluso hasta el punto del empache y sufrir las consecuencias del dulce atracón.

El principio de realidad viene a regular este exceso y permite detenerse justo antes de que la acción pueda ser dañina. El principio de realidad vela pues por nuestra integridad física. Eso significa que a la hora de tomar decisiones, la conciencia debe hacer, con mayor o menor fuerza, un acto de imposición.

El exceso de racionalidad o la intelectualización de lo emocional tampoco parece saludable en tanto que impide que los sentimientos y los deseos puedan aflorar.

A veces ocurre que, a pesar de la lógica, las cosas se presentan de otro modo, quizás de modo contrario a cómo se habían previsto en un principio y con las que incluso había un compromiso.

El principio de realidad ha sucumbido a los designios del inconsciente y ocurre entonces algo inesperado, algo sorpresivo cuya lógica es contraria a lo racional, un hecho que es producto del inconsciente.

En el colectivo hemofílico se dan con cierta frecuencia situaciones que muestran esa lógica, o si no ¿cómo cabría pensar estos casos?:

· embarazos “inesperados” de portadoras
· evasivas a las pruebas de detección
· contagios de infecciones a la pareja
· abandono del tratamiento antirretroviral

Estos actos son en realidad decisiones inconscientes porque provienen del inconsciente, responden a deseos sobre los cuales no se ha podido reflexionar, pero no por inconscientes exentos de responsabilidad, puesto que parten de uno mismo. Ni las casualidades ni las sorpresas existen si se tiene en cuenta el inconsciente.

A la vista está que cada vez son más y mejores los avances que la comunidad científica pone a disposición de la sociedad. Nuevas técnicas, nuevos tratamientos, nuevos inventos que promueven la vida, la alargan y mejoran su calidad las encontramos sobretodo en el mundo desarrollado.

El colectivo hemofílico no queda al margen de estos beneficios que, por lo que respecta al tratamiento de las coagulopatías congénitas, han ido ganando terreno en campos tan impensables tiempo atrás como los de la ingeniería genética, las técnicas de reproducción asistida, los tratamientos con factor recombinante, los antirretrovíricos, la esperanza de las vacunas, etc.

No obstante, el debate que nos trae aquí tiene que ver con todo lo expuesto anteriormente en este capítulo y se centra en cómo aborda cada individuo, desde su subjetividad, todos estos nuevos retos.

Si bien es cierto que las técnicas y los tratamientos en el campo de la salud suponen un avance incuestionable también lo es que, a pesar de ello, éstas no siempre son eficaces para todo el mundo ni tampoco pueden ser aplicadas de forma indiscriminada. Su aplicación y su eficacia tienen que ver justamente y paradójicamente con lo particular.

Un tratamiento es eficaz en tanto que se ajusta a las medidas del receptor. No sólo hablamos de medidas o condicionantes físicos (por ejemplo, los criterios de inclusión para un protocolo científico que tienen en cuenta determinados parámetros clínicos) sino también de variables como el momento vital del paciente, el ánimo con que recibe un tratamiento, qué le representa, qué expectativas le ofrece, sus deseos más recónditos, … son factores igualmente importantes que influyen sobre el resultado.

Ya hemos visto cómo el inconsciente puede manifestarse a través del cuerpo mediante los síntomas y boicotear todo buen funcionamiento de éste.

Teniendo en cuenta justamente estas variables psicológicas y la incidencia de la historia personal de cada paciente dos casos nunca puedan ser tratados igual aunque parezcan similares y eso hace que no todos los casos respondan del mismo modo ante lo que se les propone.

Las diferencias individuales son múltiples y cada persona recibe la técnica para lo que le conviene.

8. ¿Qué decir acerca de las infecciones?:                                                        up
Las infecciones por viruses han sido el gran caballo de batalla del colectivo con hemofilia. Se añadió con ello más leña al fuego y ha resultado muy difícil de aceptar.

Cuando la infusión de factor empezaba a mejorar la calidad de vida de tantos afectados, esa misma esperanza truncó de repente el futuro de muchos de ellos.

No obstante, la progresión de las enfermedades provocadas por las infecciones víricas, más en el caso del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), ha ido remitiendo en la medida del avance de nuevos tratamientos antirretrovíricos.

Afortunadamente se ha logrado un aumento espectacular de la esperanza de vida. Eso ha conllevado que muchos pacientes que en un momento se prepararon para morir, se plantean ahora cómo vivir; cómo convivir con algo que parece puede estallar en cualquier momento y con algo que puede también perjudicar o infectar a otros si no se previene debidamente.

Por un lado hay que encontrar nuevas formas de entender la vida y por el otro asumir una carga de responsabilidad por el respeto hacia uno mismo y hacia las personas con quién se mantiene contacto sexual. De hecho, una cosa va con la otra.

La experiencia con lo mortífero desata mucha angustia y todo tipo de sentimientos en la persona afectada. Tal como se ha desarrollado a lo largo del capítulo, los mecanismos psicológicos de defensa se erigen fuertemente ante esta impresión traumática y difícilmente, o al menos a simple vista, la angustia se da a conocer en muchos casos tratados.

Ya se ha hablado de las repercusiones acerca de no identificar emociones, manejarse mal con ellas y no darles salida. En estos casos, más que en otros, resulta especialmente trascendente. La influencia que las emociones ejercen sobre el sistema inmunitario ha sido demostrada ya en muchas ocasiones.

Es muy saludable hacer un buen uso de ellas. Mantener el aparato psíquico en tensión resta capacidad a otros sistemas del cuerpo para actuar adecuadamente. Del mismo modo el relajamiento de la actividad mental y una posición anímica emprendedora revitalizan los sistemas.

También es un acto deseable mantenerse informado acerca de la enfermedad, acerca del propio estado clínico, de los tratamientos existentes, etc. es una forma más de responsabilizarse con lo que hay, como también lo es ceñirse al tratamiento y evitar contagiar. Justamente se trata de actitudes que no mantienen ajeno al individuo de lo que le toca vivir.

Evidentemente todo ello supone una carga emocional añadida que conviene compartir con las personas de más confianza: la familia, algunos amigos, las parejas, profesionales de la salud,… uno de los momentos más angustiantes -descontando el momento de recibir el diagnóstico- se presenta cuando alguien infectado debe comunicar a su pareja su condición de seropositividad.

Seguramente cuando la relación empieza a tener cierto interés es quizás el momento oportuno para introducir el tema. El miedo a no ser comprendido, a ser abandonado y sentirse solo retrasa muchas veces dar la noticia.

Pero justamente la ocultación hace que la otra persona se sienta engañada y acabe desconfiando de la relación. No hay que tener prisa, pero tampoco se debe silenciar algo tan importante.

Es preciso darse un tiempo y valorar el mejor momento para que las personas que vayan a compartir dicha situación estén igualmente preparadas para entender, para escuchar, para compartir, incluso para soportar.

Asegurar este requisito va a reforzar sin duda la comunicación y el entendimiento entre ambas partes. Vale la pena intentarlo en aras a la libertad y al respeto que toda persona merece.

A veces, mientras no se tiene pareja estable, uno puede sentirse erróneamente menos obligado a contar lo suyo a su pareja sexual puesto que se presenta sólo esporádicamente y distinta cada vez.

Toda persona expuesta a un contagio tiene derecho a estar informada por parte de la fuente contagiosa, si es que ésta lo sabe. En cualquier caso hay que tomar precauciones y usar siempre el preservativo en las relaciones sexuales.

Que algunas personas, aún a sabiendas de poder infectar prescinden de él actuando bajo el efecto de la invulnerabilidad pone de manifiesto hasta qué punto llega su grado de hostilidad.

También el dejar el tratamiento o cualquier otra posición de abandono o descuido en el propio cuidado constituyen actos que indican algo por sí mismos.

Aparecen como el reflejo de una intención más o menos escondida de autodestrucción aunque a veces se muestren como todo lo contrario o como desafíos. Poder tratar esta situación cuando se produce puede tener un efecto benéfico importante, si la persona en cuestión tiene esta posibilidad y la aprovecha con esta intención.

9.- Bibliografía:                                                                                                  up
“El yo y el Ello”. Freud, Obras Completas. Vol.XIX Amorrortu Ed.

“Inhibición, síntoma y angustia”. Freud, Obras Completas. Vol.XX Amorrortu Ed.

“La negación”. Freud, Obras Completas. Vol.XIX Amorrortu Ed.

“La dimensión del acto en pediatría. Observaciones acerca de los actos invasivos en pediatría (IIª parte)”. Odile Blay & Guy Trobas –El Niño. Revista del Centro Interdisciplinar de Estudios del Niño Instituto del Campo Freudiano- Vol. 4

“El psicoanalista frente a la prevención perinatal”. François Ansermet –El Niño. Revista del Centro Interdisciplinar de Estudios del Niño Instituto del Campo Freudiano- Vol. 10

“El cuerpo en la enseñanza de Jacques Lacan”. Colette Soler –Confluencias- Vol.I núm.3/ Otoño-87.

“Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”. Seminario 11. Jacques Lacan. Paidos Ed.

“L’entrevista psicoanalítica. Una investigació empírica”. Jaume Aguilar, Mª Victoria Oliva, Carla Marzani. Columna Ed.

Monografies de Psicoanàlisi i psicoterapia, nº 7.

10.- Test:                                                                                                           up
1/ ¿Qué es un mecanismo de defensa?
A/ aquello que permite defendernos de las adversidades y de los demás
B/ aquello que permite defendernos de nuestras propias ideas inconscientes
C/ aquello que permite mantener nuestro equilibrio emocional
2/ ¿Por qué es tan importante reconocer cómo uno se siente anímicamente?
A/ para sentirse más seguro consigo mismo
B/ para saber cómo reaccionar exactamente
C/ para evitar que los sentimientos se transformen en otra cosa peor

3/ ¿A qué llamamos inconsciente?
A/ aquello que reprimimos de nuestra conciencia
B/ aquello que manifestamos a través de los olvidos, los sueños, los lapsus, etc.
C/ ambas respuestas son ciertas

4/ ¿Cómo puede ayudarnos un psicólogo?
A/ en que nos haga dar cuenta
B/ en que nos diga cómo actuar
C/ en que solucione nuestros problemas

5/ ¿Qué es un síntoma psíquico?
A/ algo que nos resulta enigmático, molesto y que se repite siempre
B/ algo a lo que no debemos dar mucha importancia
C/ ambas respuestas son ciertas

6/ ¿Padecer una enfermedad como la hemofilia induce a tener más problemas de tipo psicológico que una persona sana?
A/ si, porque una cosa lleva a la otra
B/ no, no tiene nada que ver
C/ en algunos casos si la hemofilia es muy grave

7/ ¿Qué es la posición subjetiva?
A/ la postura de cada sujeto para evitar el dolor
B/ la actitud de cada sujeto para mejorar su calidad de vida
C/ la actitud tomada ante la vida

8/ ¿A qué nos referimos al hablar de frustración?
A/ a un sentimiento de envidia por lo que tienen otros
B/ a un sentimiento de desengaño por no conseguir lo que se pretendía
C/ a un sentimiento de pérdida por algo que se tenía

9/
A/
B/
C/

10/
A/
B/
C/

11/
A/
B/
C/

12/
A/
B/
C/

11.- Respuestas:                                                                                                up
1/ B - aquello que permite defendernos de nuestras propias ideas inconscientes
2/ C - para evitar que los sentimientos se transformen en otra cosa peor
3/ C - ambas respuestas son ciertas
4/ A - en que nos haga dar cuenta
5/ A - algo que nos resulta enigmático, molesto y que se repite siempre
6/ B - no, no tiene nada que ver
7/ C - la actitud tomada ante la vida
8/ B - a un sentimiento de desengaño por no conseguir lo que se pretendía
9/
10/
11/
12/


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Actualización: 20/04/05  
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